La boda de Mauricio y Viviana parecía sacada de una revista.
Flores blancas por todas partes, velas altas, mesas con cristalería fina y un jardín lleno de invitados vestidos como si fueran a presenciar una historia de amor, no el final de una mentira.
Yo llegué cuando el sacerdote estaba por comenzar.
No llevaba vestido de gala.
Llevaba un traje blanco sencillo, el cabello recogido y en la mano la carpeta negra que había esperado dos años para abrir.
Cuando entré, las conversaciones se apagaron una por una.
Mauricio me vio desde el altar y se puso pálido.
Viviana apretó el ramo.
“¿Qué hace ella aquí?”, dijo, intentando sonar indignada.
Caminé despacio por el pasillo central.
Algunos invitados me miraban con morbo. Otros con lástima. Nadie sabía si grabar o fingir que no estaba pasando nada.
Mauricio bajó del altar y se acercó rápido.
“Vete, Elena. No hagas un espectáculo.”
Lo miré a los ojos.
“Siempre confundiste el silencio con obediencia.”
Viviana soltó una risa nerviosa.
“¿No te da vergüenza venir a arruinarnos la vida después de todo lo que hiciste?”
Me giré hacia ella.
“¿Después de todo lo que hice yo? Tú enterraste mi nombre usando un hijo que nunca existió.”
El murmullo recorrió el jardín como fuego.
Viviana perdió el color.
“Está loca.”