Un mes después, el caso explotó en todo México.
Las portadas de los periódicos llevaron el nombre de Alejandro Cárdenas durante semanas.
Grupo Cárdenas fue investigado por lavado de dinero, manipulación financiera, fraude corporativo y homicidio doloso relacionado con el accidente aéreo de mi familia.
Sofía Beltrán intentó declararse víctima.
Pero las cámaras de la mansión, los audios recuperados por Martín y los mensajes enviados a sus cuentas secretas demostraron que ella no solo había fingido la caída por las escaleras.
También había participado en el plan para aislarme, debilitarme y hacer que Alejandro firmara documentos a su favor.
El día que la trasladaron esposada, los reporteros le preguntaron:
“¿Tiene algo que decirle a Elena Mendoza?”
Sofía bajó la cabeza.
Por primera vez, no tenía lágrimas falsas.
No tenía actuación.
No tenía a Alejandro para protegerla.
Solo silencio.
Alejandro intentó negociar.
Ofreció dinero.
Ofreció acciones.
Ofreció declarar contra todos.
Pero Don Rafael solo dijo una frase a los fiscales:
“Quiero justicia. No descuentos.”
Y la justicia llegó.
Lenta.
Fría.
Implacable.
Seis meses después, yo pude caminar con ayuda de un bastón.
Mi cuerpo aún dolía.
Algunas cicatrices quedarían para siempre.
Pero ya no las odiaba.
Cada una me recordaba algo simple:
No morí allí.
Me levanté.
El día que firmé el divorcio, Alejandro fue llevado a la sala de audiencias esposado.
Estaba más delgado. El rostro hundido. Los ojos cansados.
Cuando me vio entrar, intentó ponerse de pie.
“Elena…”
Mi abogado lo interrumpió.
“Diríjase a la señora Mendoza únicamente a través del tribunal.”
Alejandro apretó los labios.
Yo me senté frente a él.
El juez leyó los términos.
Divorcio inmediato.
Renuncia de Alejandro a cualquier derecho sobre mis bienes personales.
Restitución de propiedades desviadas de Grupo Mendoza.