PARTE 2
El sábado amaneció con un sol radiante que caía sobre la Ciudad de México, iluminando las jacarandas que aún pintaban las calles de morado. Mariana se puso un vestido negro amplio y elegante. Su madre le habría suplicado que no se expusiera a un coraje a los 7 meses de gestación, pero esa misma sangre guerrera era la que ahora la impulsaba a salir por la puerta.
Paulina pasó a recogerla. La abogada llevaba un maletín de cuero, 2 teléfonos con batería completa y la mirada fría de un francotirador.
Llegaron al exclusivo jardín en San Ángel minutos después de las 5 de la tarde. En la entrada, un arco de globos dorados y beige daba la bienvenida. Se escuchaba música suave y el tintineo de copas. Mariana cruzó la puerta sin esperar a que el valet parking le diera el pase. El lugar estaba decorado con un lujo insultante: arreglos florales costosos, una mesa de postres impecable y un enorme letrero de madera que rezaba: “Bienvenido, Mateo”.
En el centro del jardín estaba Diego, abrazando por la cintura a Valeria, una mujer más joven, con un vestido blanco ajustado que resaltaba su propio embarazo. A unos metros, Doña Alicia, la suegra, reía a carcajadas con una copa de agua mineral en la mano, luciendo su habitual collar de perlas.
Cuando Mariana dio el primer paso hacia la pista, la música pareció apagarse por arte de magia. Las risas cesaron. Diego palideció de tal forma que parecía a punto de desmayarse.
—Mariana… —murmuró él, soltando a Valeria de golpe.
Todos los invitados giraron la cabeza. Doña Alicia se levantó de su silla tan rápido que estuvo a punto de tirar la mesa.
—Vine a felicitar a la feliz pareja —dijo Mariana, proyectando la voz con una calma escalofriante. Cada paso le tiraba de la espalda baja, pero mantuvo la frente en alto.
Valeria soltó una risita nerviosa, mirando a Diego con confusión. —¿Qué broma es esta, mi amor?
Mariana se detuvo frente a ella. —Tú debes ser Valeria. Qué hermosa fiesta. Veo que mis 38,500 pesos rindieron bastante. Los centros de mesa son preciosos.
Un murmullo colectivo recorrió el jardín. Diego corrió hacia Mariana, intentando tomarla del brazo, pero Paulina se interpuso al instante.
—Ni se le ocurra tocarla —advirtió la abogada con voz letal—. Le sugiero que mida sus acciones frente a 50 testigos.
Doña Alicia, roja de ira y vergüenza, se acercó manoteando. —¡Esta mujer está desquiciada! Las hormonas del embarazo la tienen loca. ¡Largo de aquí, Mariana, no vas a arruinar a mi familia!
Mariana abrió su bolso y sacó un fajo de copias impresas. No llevó los originales por recomendación de Paulina, pero el papel fue suficiente para encender la hoguera.
—Transferencia desde mi cuenta personal, con el concepto para Valeria —anunció Mariana, levantando la primera hoja para que los invitados más cercanos pudieran leerla—. Estados de cuenta de mis tarjetas de crédito pagando la renta de este jardín, las flores y el banquete. Y lo mejor de todo: las capturas de pantalla donde tú, Doña Alicia, planeas cómo doparme después del parto para robarme el departamento que compró mi padre.
Valeria miró los papeles y luego a Diego, con los ojos muy abiertos.
—Diego… me dijiste que el dinero era de un bono de tu empresa. Me juraste que estabas separado hace meses y que ella te había dejado en la ruina.
—Le dijo el mismo cuento a todos —respondió Mariana, sintiendo un cansancio inmenso. No había triunfo en ver a otra mujer engañada, solo una profunda decepción hacia el hombre que alguna vez amó.
Valeria, con los ojos llenos de lágrimas de humillación, retrocedió. —Yo no sabía nada de un plan para robarle su casa a esta señora. Eres un asco, Diego.
—¡Tú te callas! —le gritó Diego a Valeria, perdiendo por completo los estribos. La máscara de hombre exitoso se había hecho pedazos. Volteó hacia Mariana, con las venas del cuello saltadas—. ¡Te voy a destruir, Mariana! ¡Te voy a quitar a la niña, te voy a sacar a la calle y te vas a arrepentir toda tu miserable vida!
Paulina levantó su celular, grabando cada palabra. —Gracias por la confesión de amenazas y violencia familiar, Diego. Es la cereza del pastel para la demanda.
De pronto, Mariana sintió un latigazo de dolor en el vientre bajo. Fue tan fuerte que el aire se le escapó de los pulmones. Se dobló sobre sí misma, sujetándose el estómago. El estrés había detonado lo inevitable.
—¡Paulina! —alcanzó a decir.
El jardín se volvió un caos. Mientras algunos invitados llamaban a una ambulancia, Paulina no esperó a nadie. Tomó a Mariana del brazo, la subió a su auto y arrancó a toda velocidad por Avenida Revolución, esquivando el tráfico de la tarde capitalina.
En el hospital, el mundo de Mariana se redujo a luces blancas, batas médicas y el sonido rítmico del monitor fetal. Las contracciones se habían adelantado por el choque emocional, pero los médicos lograron estabilizarla. Cuando finalmente escuchó el latido acelerado de su bebé a través del aparato, Mariana rompió a llorar. Lloró por el matrimonio que murió, por la traición, pero sobre todo, por el amor infinito que sentía por esa pequeña vida que luchaba dentro de ella.
Esa misma madrugada, el teléfono de Mariana recibió un mensaje de un número desconocido. Era Valeria.
“No miento cuando digo que no sabía lo del fraude de la casa. Tengo audios de Diego y su mamá. Te los mandé al correo. Úsalos. Que se hunda.” Y así fue.
Las siguientes semanas fueron una maquinaria legal imparable. Paulina presentó las denuncias correspondientes. El banco bloqueó cualquier intento de Diego por acceder a los fondos. La notaría cerró las puertas a las artimañas de Doña Alicia gracias a la alerta de fraude. Un juez dictó una orden de restricción que le prohibía a Diego acercarse a Mariana o al departamento.
15 días después del escándalo, en medio de una tarde lluviosa, nació Lucía.
No hubo fotos de familia perfecta ni un esposo cortando el cordón umbilical. Solo estuvo Paulina, sosteniéndole la mano, y una enfermera amable que le limpiaba el sudor de la frente. Cuando Mariana escuchó el primer llanto de su hija, sintió que el alma le volvía al cuerpo. Le pusieron a esa pequeña criatura sobre el pecho, calientita, con los puños cerrados. Mariana le besó la cabecita oscura, sabiendo que ya nada podría destruirlas.
Al día siguiente, Diego intentó entrar al hospital, exigiendo ver a su hija, pero la seguridad privada, respaldada por la orden del juez, lo sacó a empujones hacia la banqueta. Perdió su matrimonio, la falsa vida de lujos y el respeto de todos. Valeria lo había demandado por pensión alimenticia y, asfixiado por las deudas que ya no podía cubrir con el dinero de su esposa, Diego terminó viviendo en un cuarto rentado por su madre.
Pasaron 6 meses. La mañana era fresca en el Parque México. Los perros correteaban cerca de la fuente y el olor a café de olla inundaba el ambiente. Mariana estaba sentada en una banca, meciendo a Lucía, que llevaba puesto un gorrito amarillo brillante.
Paulina llegó caminando con 2 vasos de atole y una bolsa de pan dulce, sonriendo al ver a su ahijada dormir plácidamente.
—¿Lista para firmar el divorcio definitivo la próxima semana? —preguntó la abogada, dándole un sorbo a su bebida.
Mariana miró a su hija. Suspiró profundamente, sintiendo la brisa en el rostro. Ya no cargaba el peso de las mentiras ajenas ni el miedo a la incertidumbre. Había defendido su hogar, su patrimonio y su dignidad.
—Más lista que nunca —respondió Mariana, sonriendo de verdad por primera vez en mucho tiempo—. Nadie nos vuelve a sacar de nuestra paz.
Lucía abrió sus enormes ojos oscuros, mirando a su madre como si ella fuera el universo entero. Y en ese pequeño rincón de la ciudad, en medio del ruido y la vida que seguía su curso, Mariana supo que, a veces, perder a la persona equivocada es la única forma de ganarlo todo.