PARTE 1
“Firma y deja de hacerte la víctima, Valeria. Toma tus 8,000 pesos y desaparece antes de que nazcan mis hijos.”
Eso fue lo último que me dijo Santiago Aranda, mi esposo, mientras yo estaba sentada frente a él con seis meses de embarazo y tres bebés moviéndose dentro de mí.
La sala de juntas de Aranda Global, en el piso cuarenta y dos de una torre en Santa Fe, estaba helada. Afuera, la Ciudad de México se veía gris, llena de lluvia y tráfico, pero adentro todo era peor: silencio, abogados caros y la mirada fría del hombre con el que me había casado cinco años atrás.
El documento de divorcio temblaba entre mis manos. No decía “separación”. Decía renuncia. Renuncia al departamento en Polanco, a las cuentas, al seguro médico, a todo. A cambio, una transferencia miserable “por apoyo temporal”.
—Estoy embarazada, Santiago —le dije, intentando no llorar—. Son tus hijos.
Él ni siquiera levantó la vista del celular.
—Mis herederos, Valeria. No confundas las cosas.
A su lado, la abogada acomodó sus lentes y me señaló la última página.
—Firme aquí. Después tendrá veinticuatro horas para retirar sus pertenencias.
Entonces sonó una risa suave detrás de mí.
Renata Solís, la modelo que llevaba meses apareciendo en revistas del brazo de mi esposo, estaba recargada en la puerta, con un vestido blanco perfecto y una sonrisa de triunfo.
—Perdón —dijo—. Es que se nos hace tarde para comer en Masaryk.
Santiago se levantó, me aventó una pluma sobre la mesa y se inclinó hacia mí.
—No me obligues a hacerlo más humillante.
Firmé.
No porque estuviera de acuerdo. No porque me hubiera rendido. Firmé porque sentí una contracción pequeña, una punzada extraña, y entendí que mis bebés necesitaban que yo saliera de ahí viva.
Cuando puse la última firma, Santiago se guardó el documento como si acabara de cerrar un negocio más.
—Ya tienes tu dinero. No vuelvas a buscarme.
—¿Eso valen cinco años? —susurré.
Él sonrió sin vergüenza.
—No. Eso vales tú.
Salí de la torre bajo la lluvia, sin chofer, sin tarjeta, sin casa. Mi celular tenía poca batería. Abrí la aplicación del banco con los dedos entumidos. La cuenta principal estaba bloqueada. La personal mostraba un saldo exacto: 8,000 pesos.
Cinco años de matrimonio reducidos a eso.
Caminé hasta una avenida y subí a un camión que iba lleno. Olía a ropa mojada, gasolina y cansancio. Me senté como pude, abrazándome el vientre.
Entonces llegó el dolor.
No fue una molestia. Fue una contracción brutal que me dobló en dos. Grité. Una señora se levantó asustada.
—¡Chofer, párese! ¡La muchacha está mal!
Pero el camión seguía atrapado entre coches. Otra contracción me arrancó el aire.
En ese momento, mi celular vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
“Estoy en el hospital. No saldrás de ahí con mis herederos. Ya tengo médicos y papeles para declararte inestable.”
Debajo venía una foto: Santiago en la recepción de un hospital privado, rodeado de abogados.
Sentí que la sangre se me congelaba.
Y justo cuando pensé que todo había terminado, un hombre de traje oscuro se levantó del fondo del camión y caminó hacia mí como si todos tuvieran que apartarse de su camino.
No podía creer quién estaba a punto de entrar en mi vida…
PARTE 2
—Usted se viene conmigo —dijo el desconocido, con una voz tan firme que nadie en el camión se atrevió a contradecirlo.
Era un hombre de unos sesenta años, alto, impecable, con el cabello plateado y unos ojos que parecían conocer demasiadas verdades. No pidió permiso. Me cargó con cuidado, como si yo fuera de cristal, y le ordenó al chofer abrir la puerta de emergencia.
—¡No puede llevársela así! —gritó alguien.
Él volteó apenas.
—Puede quedarse aquí viendo cómo pierde a sus hijos o puede dejarme salvarlos.
Nadie habló más.
Afuera, la lluvia caía con furia. Un vehículo negro esperaba junto a la banqueta, con dos hombres vestidos de civil. Me subieron al asiento trasero, me cubrieron con una manta y el desconocido tomó mi celular.
Leyó el mensaje de Santiago. Su rostro cambió.
—Ese muchacho siempre creyó que el apellido Aranda podía comprar hasta la sangre.
—¿Quién es usted? —pregunté, casi sin voz.
Él me entregó una tarjeta negra con letras doradas.
“Ernesto Beltrán Salcedo”.
Casi dejé caer la tarjeta.
Todos en México conocían ese nombre. Empresario, exmagistrado, dueño de hospitales, constructoras y medios. Un hombre que no salía en fiestas, pero al que políticos y millonarios jamás desafiaban en público.
—¿Por qué me ayuda? —gemí, mientras otra contracción me partía en dos.
Él miró mi vientre, luego mis ojos.
—Porque le fallé a tu madre.
El mundo se volvió confuso.
Mi madre, Isabel, había muerto cuando yo era bebé. Eso me dijeron siempre: una enfermedad repentina, una familia sin recursos, una niña criada por una tía en Puebla. Yo había llegado a Santiago años después, en una gala de beneficencia, creyendo que era suerte que un hombre tan poderoso se fijara en mí.
—Mi madre no lo conocía —dije.
Don Ernesto apretó la mandíbula.
—Tu madre me escribió una carta antes de morir. Me pidió protegerte si los Aranda se acercaban a ti. La carta llegó tarde.
No pude responder. Sentí un calor húmedo entre las piernas.
—Creo que rompí fuente —dije, aterrada.
El vehículo aceleró. Afuera, una sirena oculta empezó a sonar.
—Vamos al Hospital Santa Regina —ordenó él—. Cierren accesos. Nadie de la familia Aranda entra.
Pero Santiago ya estaba ahí.
Cuando llegamos al hospital, me bajaron en camilla. Médicos corrieron hacia mí. Al cruzar el lobby, lo vi: Santiago golpeaba el mostrador, fuera de control.
—¡Son mis hijos! —gritaba—. ¡Tengo derecho a decidir! ¡Ella no está bien de la cabeza!
Renata estaba detrás de él, pálida, ya no tan segura.
Don Ernesto caminó junto a mi camilla sin mirar a Santiago.
—A partir de este momento —le dijo a un médico—, la paciente está bajo mi protección legal.
Santiago se rio con rabia.
—¿Y tú quién te crees, viejo?