MI ESPOSO MURIÓ HACE CINCO MESES… ESTA MAÑANA, VI A UN HOMBRE IDÉNTICO A ÉL — Y DECIDÍ SEGUIRLO EN SECRETO… SIN IMAGINAR LO QUE IBA A DESCUBRIR…

PARTE 3
Un suspiro que conocía demasiado bien.
Demasiado.
Miró alrededor. La calle estaba vacía.
Finalmente, dijo en voz baja:
—No debería estar aquí.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
—¿Quién eres? —pregunté.
Me miró directamente.
Esta vez… sin huir.
—Si quiere seguir viviendo tranquila… olvide lo de hoy.
El silencio se alargó.
Negué con la cabeza.
—No. Yo te enterré. Lloré por ti. He vivido como una sombra estos cinco meses. No puedes aparecer así… y pedirme que lo olvide.
Mi voz se quebró.
Apretó los puños.
Podía verlo.
Estaba luchando.
Entre decir la verdad… o seguir mintiendo.
Finalmente…
Abrió la puerta.
Y volvió a mirarme.
—Entre.
La puerta se cerró detrás de mí con un “clic” seco.
Adentro estaba oscuro y frío. Un olor a humedad mezclado con metal me incomodó.
Encendió la luz.
La tenue iluminación reveló una habitación pequeña… pero lo que me dejó sin aliento no fue el lugar.
Fue la pared.
Llena de fotos.
Fotos mías.
Fotos nuestras.
Fotos de él.
Algunas antiguas. Otras recientes. Algunas tomadas a escondidas.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué… es esto…?
Me giré hacia él.
Estaba allí. En silencio.
Ya no negaba nada.
Ya no huía.
Solo quedaba… la verdad.
—Nunca morí —dijo.
Mi mundo… se derrumbó por tercera vez.
—…¿Qué?
—El funeral fue real. Pero el hombre dentro del ataúd… no era yo.
Sentí un zumbido en los oídos.
—¿Por qué…? —susurré—. ¿Por qué me hiciste esto…?
Cerró los ojos por un segundo.
Cuando los abrió… había dolor en su mirada.
—Porque no tenía otra opción.
Avanzó lentamente hacia mí.
—Antes de “morir”… me metí en algo muy grande. Pensé que podía controlarlo. Pero no… se salió de mis manos.
Retrocedí.
—¿En qué…?
Negó con la cabeza.
—No puedo decírtelo. Cuanto más sepas… más peligro corres.
—¡Ya estoy en peligro! —rompí en llanto—. ¡Acabo de seguir a un hombre idéntico a mi esposo hasta un lugar lleno de fotos mías! ¿De verdad crees que puedo fingir que no pasa nada?
Guardó silencio.
Un silencio largo.
Luego dijo algo que me dejó paralizada:
—Te he estado vigilando… durante cinco meses.
Sentí que el mundo se detenía.
—…¿Qué?
—Tenía que asegurarme de que estabas a salvo. Cada día. Cada lugar al que ibas.
Las lágrimas no dejaban de caer.
—¿Entonces por qué no apareciste?