Pero él ya estaba fuera de control.
—¡Me dijiste que Valeria me engañaba antes de la cirugía!
Mi sangre se congeló.
¿Qué?
Camila comenzó a llorar.
—Yo solo quería protegerte…
—¡Tú fuiste quien revisó mi teléfono! ¡Tú me dijiste que habías visto mensajes sospechosos!
La cabeza me empezó a dar vueltas.
Recordé perfectamente aquella noche.
Alejandro llegó furioso después de una fiesta de la empresa.
Me acusó de esconder cosas.
De “actuar rara”.
Y todo empezó después de que Camila comenzara a acercarse demasiado a nuestra vida.
Ella se secó las lágrimas rápidamente.
—Porque te amo.
—¡No! —gritó él—. Porque querías que dejara a mi esposa.
La doctora Herrera nos observaba en silencio absoluto.
Y yo…
Yo sentía algo peor que dolor.
Humillación.
Porque mientras yo lloraba sola pensando que mi matrimonio había muerto por culpa de una mentira…
La amante de mi esposo había estado manipulándolo todo desde el principio.
Camila intentó recuperar el control.
—Alejandro, por favor, vámonos y hablamos tranquilos.
Pero él ya no la veía con amor.
La veía con miedo.
Con desconfianza.
Con asco.
Y entonces dijo algo que hizo que el mundo se detuviera.
—¿También mentiste sobre tu embarazo?
Camila se quedó inmóvil.
Yo sentí un escalofrío.
La doctora levantó lentamente la mirada.
—¿Embarazo? —preguntó.
Alejandro empezó a reírse nerviosamente.
—Ella me dijo hace tres semanas que estaba esperando un hijo mío.
Camila abrió la boca.
Pero no salió ningún sonido.
Y eso bastó.
Porque el silencio de una persona culpable siempre grita más fuerte que cualquier explicación.
Alejandro dio un paso atrás como si acabaran de apuñalarlo.
—Dime que no es mentira.
Camila empezó a llorar.
—Yo… yo iba a decirte la verdad…
Él golpeó la pared con tanta fuerza que la doctora se sobresaltó.
—¡¿CUÁL VERDAD?!
Ella se quebró.
—¡Que no estaba embarazada!
La habitación quedó muda.
Sentí que hasta el aire desaparecía.
Camila cayó de rodillas llorando.
—Tenía miedo de que regresaras con ella… tú siempre la amaste más…
Alejandro parecía destruido.
Y por primera vez desde que todo comenzó…
Lo vi darse cuenta del monstruo en el que se había convertido.
Me miró.
De verdad me miró.
Vio mis ojos hinchados.
Mis manos temblando.
Mi vientre.
Los dos bebés creciendo dentro de mí.
Y entendió todo lo que me había hecho.
Pero ya era demasiado tarde.
—Vale… —susurró acercándose.
Retrocedí inmediatamente.
—No me llames así.
Su rostro se quebró.
—Perdóname.
—¿Perdonarte?
Las lágrimas me ardían en la cara.
—Me humillaste delante de todos.
—Dejaste que tu madre me tratara como basura.
—Publicaste fotos con tu amante mientras yo vomitaba sola todas las mañanas.
—Intentaste quitarme mi casa.
—Y ahora vienes a decirme “perdóname”.
Alejandro empezó a llorar.
Nunca lo había visto llorar así.
Pero ya no me daba ternura.
Me daba cansancio.
Un cansancio tan profundo que parecía haberme envejecido años.
La doctora Herrera se acercó discretamente a la puerta.
Quería dejarnos solos.