Pesado.
Asfixiante.
Sentí que mi corazón golpeaba tan fuerte que podía escucharlo dentro de mi cabeza.
Camila fue la primera en reaccionar.
—Eso no prueba nada.
Pero la doctora continuó:
—El bebé tiene aproximadamente catorce semanas de desarrollo.
Alejandro palideció.
—Eso… eso no puede ser.
—Sí puede —respondió ella con calma—. Y hay algo más.
Giró ligeramente la pantalla hacia nosotros.
Yo no entendía lo que veía.
Hasta que señaló otra pequeña sombra.
Un segundo movimiento.
Un segundo latido.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué… qué es eso?
La doctora sonrió por primera vez.
—Felicidades, Valeria. Vas a tener gemelos.
Me cubrí la boca con ambas manos y empecé a llorar.
Dos bebés.
Dos pequeños corazones latiendo dentro de mí mientras mi mundo entero se derrumbaba.
Pero Alejandro no reaccionó como un hombre emocionado.
Reaccionó como un hombre aterrado.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
—No… no puede ser…
La doctora frunció el ceño.
—¿Se siente bien?
Y entonces ocurrió algo extraño.
Alejandro miró a Camila.
No a mí.
A ella.
Y fue ahí cuando entendí que algo estaba terriblemente mal.
Camila tragó saliva.
—Alejandro…
—Cállate.
La forma en que lo dijo hizo que incluso la doctora levantara la vista.
Yo nunca había visto miedo en los ojos de Camila.
Hasta ese momento.
Alejandro pasó una mano temblorosa por su cabello.
Luego soltó una risa nerviosa.
—Esto es absurdo.
La doctora cruzó los brazos.
—No, señor Salazar. Lo absurdo es que haya acusado públicamente a su esposa sin entender siquiera cómo funciona una vasectomía.
Pero él apenas escuchaba.
Seguía mirando la pantalla.
Como si acabara de ver un fantasma.
Y entonces recordé algo.
Algo pequeño.
Algo que en ese momento me había parecido insignificante.
Dos meses antes, la noche anterior a su supuesta cirugía, Alejandro había llegado borracho a casa.
Muy borracho.
Y por primera vez en meses, me había abrazado.
Había llorado incluso.
Me dijo:
—Perdóname por todo, Vale. Prometo que un día voy a arreglar las cosas.
Esa fue la noche en que concebimos a nuestros hijos.
Sentí un nudo en el pecho.
No por tristeza.
Por rabia.
Porque él siempre supo que existía la posibilidad de que los bebés fueran suyos.
Siempre.
Simplemente necesitaba convertirme en la villana para poder irse con Camila sin sentirse culpable.
La doctora rompió el silencio.
—¿Quiere que imprima las imágenes?
Yo asentí llorando.
Alejandro seguía inmóvil.
Camila dio un paso hacia él.
—Amor, vámonos.
Y entonces pasó algo que nadie esperaba.
Alejandro la apartó bruscamente.
—No me toques.
Ella abrió los ojos sorprendida.
—¿Qué te pasa?
Él empezó a respirar agitado.
Demasiado agitado.
Como si estuviera uniendo piezas dentro de su cabeza.
Luego miró a la doctora.
—¿Está completamente segura de las fechas?
—Absolutamente.
Camila perdió el color en el rostro.
Y ahí fue cuando la verdad explotó.
—Entonces… —murmuró Alejandro lentamente— entonces eso significa…
Se giró hacia Camila.
—Que tú me mentiste.
Ella dio un paso atrás.
—Alejandro, no hagas esto aquí.