Tengo una pequeña floristería en una ciudad de provincia. Nada elegante: un escaparate estrecho, un mostrador de madera con marcas de uso, cubos llenos de rosas, claveles y margaritas, algunas ramas verdes y rollos de papel de regalo detrás de la caja.
Los sábados siempre entra mucha gente. Unos compran un ramo para un cumpleaños, otros una planta para llevar a una comida familiar, otros tres rosas para pedir perdón. A veces alguien entra en silencio, elige flores sencillas y no dice nada. En ciertos momentos no hace falta preguntar.
Aquel sábado estaba colocando unas cintas claras cuando la puerta se abrió despacio.
Entró una niña.
Tendría seis años, quizá siete. Pequeña, delgada, con un abrigo demasiado grande y las mangas algo gastadas. Llevaba el pelo castaño recogido con una goma azul, y algunos mechones le caían sobre los ojos.
Entre las manos apretaba un monedero viejo con un conejito descolorido en la parte delantera.
No habló enseguida.
Se detuvo frente a la mesa central y miró el ramo más grande que había preparado esa mañana. Rosas rojas, florecitas blancas, un poco de verde suave y una cinta color crema. Lo había hecho pensando en alguien que lo compraría para un aniversario o una cena especial.
En la etiqueta ponía: 42 euros.
La niña lo miraba como si fuera algo lejísimos de su alcance.
Yo le sonreí.
—¿Te ayudo, pequeña?
Se acercó al mostrador con pasos lentos.
—Señora… ¿un ramo tan grande puede hacer sonreír a una persona triste?
Me quedé callada un instante.
Los niños suelen preguntarme si las rosas pinchan, si pueden tocar los pétalos o si una flor es de verdad. Ella no. Ella quería saber si un ramo podía aliviar un dolor.
Me agaché un poco hacia ella.
—¿Para quién sería?
La niña apretó más fuerte el monedero.
—Para mi mamá. Hoy es su cumpleaños. Pero se le olvidó.
Dejé a un lado la cinta que tenía en la mano.
—¿Cómo te llamas?
—Celeste.
Era un nombre delicado, casi antiguo, de esos que no se oyen todos los días.
—¿Y por qué se olvidó tu mamá de su cumpleaños, Celeste?
Ella bajó la vista al suelo.
—Porque trabaja siempre. Por la mañana ayuda a personas mayores en una residencia. Luego, cuando puede, limpia casas. Por la noche dice que no necesita nada. Pero no es verdad.
Hizo una pequeña pausa.
—A veces llora en la cocina cuando cree que yo estoy dormida.
Sentí un nudo en la garganta.
Detrás de mí estaban las facturas, los cubos por llenar y las flores que había que vender antes de que se marchitaran. Delante, una niña que conocía el cansancio de su madre mejor que muchos adultos.
Celeste dejó el monedero sobre el mostrador y lo abrió despacio.