PARTE 1
“¡La niña está en la basura… y si no corren, mañana la van a aplastar!”
Eso le dijo un niño descalzo al hombre más temido de la Ciudad de México.
Santiago Montenegro no era un hombre que llorara. En Tepito, en Polanco, en la Central de Abasto y hasta en los puertos donde su apellido se decía en voz baja, todos sabían que Santiago no pedía: ordenaba. No amenazaba: cumplía. No perdonaba: cobraba.
Pero esa madrugada, bajo una lluvia helada, el hombre al que todos llamaban El Patrón estaba de rodillas frente a su mansión en Lomas de Chapultepec.
Su camisa blanca estaba manchada de sangre. Sus guaruras yacían en el jardín. La puerta principal, blindada y carísima, había sido reventada como si fuera de cartón.
Y la recámara rosa de su hija estaba vacía.
Lucía tenía cuatro años.
Era lo único puro que le quedaba desde que su esposa, Isabel, murió tres años antes en una explosión que Santiago siempre creyó causada por sus enemigos. Lucía tenía el cabello oscuro, los ojos enormes de su madre y la costumbre de dormir abrazada a un conejo de peluche con una oreja rota.
Ese peluche estaba tirado junto a la cuna.