Estaba en mi casa.
Cuando la vi bajar del coche con su rebozo azul y la barbilla en alto, supe que todo acababa de cambiar.
Porque ella no se había confundido de lugar.
Ella había elegido.
Y cuando Ximena se enteró, el verdadero caos empezó…
PARTE 3
Mi abuela Carmen entró al viñedo como si estuviera entrando a misa: despacio, derecha, con una dignidad que hacía que cualquiera guardara silencio.
Abrí la puerta de la casona y no pude hablar de inmediato.
Ella me miró y dijo:
“¿Me vas a dejar parada aquí o me vas a dar una copa de vino?”
Me reí, pero sentí los ojos arder.
“Abuela, se supone que debías estar con Ximena.”
“No, mija”, respondió. “Yo debía estar donde la familia se comportara como familia.”
La llevé al mejor lugar de la terraza, frente a los viñedos y al atardecer. Cuando los invitados empezaron a llegar y la vieron ahí, algo cambió en el aire. Nadie necesitó explicación.
Mi abuela no era un adorno.
No era la foto familiar.
No era el símbolo que Ximena quería usar para demostrar que todo estaba perfecto.
Era una mujer que había visto demasiado y que, por fin, decidió no fingir.
A los diez minutos, los celulares empezaron a encenderse sobre las mesas.
Mi mamá llamó siete veces.
Mi papá mandó: ¿Dónde está tu abuela?
Ximena escribió:
¿Qué le hiciste?
Luego:
Esto es maldad.
Después:
Tráela inmediatamente.
Mi abuela vio la pantalla y dijo: