Y la lista salió sola.
Mi tía Lupita, a quien Ximena había quitado de las fotos porque “no combinaba con la estética”. Mi prima Fer, a quien no le permitieron llevar a su novia porque “podía incomodar a los mayores”. Mi tío Raúl, excluido después de prestarle dinero a mis papás y atreverse a cobrarlo. La hermana de mi papá, Teresa, borrada del acomodo porque no quiso comprar un vestido color champagne de diseñador.
Ximena no estaba organizando una boda.
Estaba organizando una limpieza social.
A las ocho de la noche, Daniela ya tenía chef, meseros, luces, música en vivo y vino reservado. Yo hice lo más importante: llamar a cada persona y decirle que había un lugar para ella.
Las respuestas me partieron el corazón.
Mi tía Lupita lloró.
Mi tío Raúl soltó una carcajada larguísima.
Fer dijo: “Por fin alguien lo dice.”
Teresa preguntó si podía llevar flores.
Entonces llamó mi mamá.
“¿Qué estás haciendo, Mariana?”
“Llegando a mi casa.”
“No te hagas. Ximena dice que estás llamando a la gente para sabotear su boda.”
“Estoy invitando a cenar.”
“¡Es el fin de semana de tu hermana!”
“Entonces que lo disfrute.”
Colgué.
Después de eso, el teléfono no paró. Ximena. Mi papá. Mi mamá. Primas. Tías. Otra vez Ximena.
A medianoche tenía veintinueve llamadas perdidas y un mensaje de mi papá:
Estás avergonzando a la familia.
Lo miré mucho tiempo.
Al parecer, avergonzar a la familia no era excluir a tu hermana públicamente.
Era darle mesa a los que habían sido tratados como basura.
El sábado por la tarde, el viñedo estaba impecable. Manteles blancos, velas, bugambilias, copas brillando bajo la luz dorada de Baja California.
Y entonces, a las 5:18, antes que todos los demás, apareció mi abuela Carmen en la entrada.
No estaba en el hotel de Ximena.