Mi hermano robó mi tarjeta ATM y vació toda mi cuenta. Después me echó de la casa diciendo: “Tu trabajo terminó, ya conseguimos lo que queríamos”. Lo peor fue que mis padres se rieron como si todo hubiera sido parte de un plan

importante estaba supervisado.

Miré otra vez la pantalla del celular.

Tenía tres llamadas perdidas de un número desconocido.

Y en ese instante entendí algo que ellos todavía no sabían: mientras me echaban de la casa creyendo que me habían dejado sin nada, el banco ya estaba rastreando cada peso que acababan de robar.

PARTE 2

Esa noche dormí en mi coche, estacionada detrás de una farmacia abierta las veinticuatro horas. Ni siquiera estaba realmente dormida; solo cerraba los ojos y volvía a escuchar la risa de mis padres, la voz de Iván diciéndome que ya no servía, la maleta en la puerta como si yo fuera una extraña.

A las once y diecisiete, el teléfono sonó por cuarta vez.

Contesté.

—¿La señorita Natalia Serrano?

—Sí, soy yo.

—Le habla Verónica Campos, del departamento de prevención de fraude de Banco del Bajío. Detectamos retiros inusuales y una transferencia considerable en su cuenta. Necesitamos saber si usted autorizó movimientos por un total de más de treinta y siete mil dólares.

—No —respondí de inmediato—. Mi hermano me robó la tarjeta.

Del otro lado hubo un silencio breve, luego un cambio claro en el tono.

—¿Tiene la tarjeta en su poder en este momento?

—Sí.

—Bien. Vamos a congelar la cuenta de inmediato. Pero necesito hacerle otra pregunta. El origen de los fondos que fueron retirados… ¿corresponde a un fideicomiso o a una cuenta con restricciones legales?

Cerré los ojos. Ahí estaba.

—Sí. Parte del dinero viene de un fondo que quedó a mi nombre después de la muerte de mi tía.