—Entonces debe presentarse mañana a primera hora en la sucursal central con identificación y la documentación que tenga. Esto podría involucrar no solo fraude bancario, sino también incumplimiento de controles sucesorios.
Colgué y me quedé inmóvil.
Tres años antes, mi tía Alma había muerto en un accidente carretero rumbo a León. No tenía hijos, ni esposo, y aunque toda la familia fingió tristeza en el funeral, la verdad es que casi nadie estuvo realmente con ella cuando enfermó. Yo sí. Yo fui quien la acompañó a consultas, quien le sostuvo la mano en quimioterapia, quien la ayudó a firmar papeles cuando ya no veía bien. Por eso me dejó una pequeña parte del acuerdo legal que recibió antes de morir. No era una fortuna, pero sí una oportunidad. Mi maestría. Mi salida. Mi futuro.
Mi familia sabía que mi tía me había dejado “algo”. Nunca entendieron que ese dinero no era libre, que había controles, registros y límites. Solo vieron una cuenta a mi nombre y pensaron que podían vaciarla antes de que yo reaccionara.
A las ocho de la mañana ya estaba en la sucursal, con el uniforme del día anterior y la cara hinchada de no dormir. La gerente, una señora de cabello corto llamada Patricia, me hizo pasar a una oficina privada. Revisó cada retiro, cada transferencia, cada hora.
—Esto no parece una simple disputa familiar —me dijo—. Si el dinero estaba restringido y alguien lo retiró sabiendo que no tenía autorización, puede haber consecuencias serias.
—¿Puedo recuperarlo?
—Parte sí, si actuamos rápido. La transferencia todavía puede detenerse. El efectivo será más complicado, pero ya pedimos videos de los cajeros.
Salí de ahí y fui directo a presentar una denuncia. Después llamé al abogado que había llevado el asunto legal de mi tía. Apenas le expliqué lo ocurrido, su voz cambió.
—Natalia, no hables con ninguno de ellos sin representación —me dijo—. Si esos fondos estaban sujetos a revisión y tu familia los tomó deliberadamente, esto puede escalar mucho más de lo que imaginan.
No pasaron ni doce horas cuando Iván me llamó.
—¿Qué hiciste? —me gritó apenas contesté—. ¿Llamaste al banco?
—Me robaste.
—Era dinero de la familia.
—No. Era dinero protegido.
Se quedó callado un segundo. Luego soltó una risa seca.
—Estás inventando eso para asustarme.
—No, Iván. Tú te asustaste solo.
Me colgó.
Dos días después, patrullas y agentes llegaron a la casa de mis padres.