Mi abuelo me hizo daño.
Valeria tragó saliva.
Luego saqué la segunda.
Mamá vio. Mamá cerró la puerta.
Su rostro perdió todo color.
Entonces puse las fotografías en sus manos.
“También recuperé el video”, dije.
Valeria abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
Y justo cuando parecía que iba a derrumbarse, la puerta de la habitación de Sofía se abrió lentamente.
Alguien había estado escuchándolo todo.
Y esa persona cambiaría el final de esta historia.
PARTE 3
El comandante Ramírez salió de la habitación con una grabadora en la mano.
Era un viejo contacto mío de la fiscalía, un hombre serio, de esos que no se impresionan fácil. Lo había llamado antes de que Valeria llegara. Le mostré el video, las fotos, las notas de Sofía y los reportes médicos.
Él decidió esperar detrás de la cortina.
Quería escuchar a Valeria.
Y la escuchó.
“Señora Valeria Villaseñor”, dijo con voz firme, “queda detenida por encubrimiento, violencia familiar, omisión de auxilio, destrucción de evidencia y probable participación en delitos de corrupción.”
Valeria retrocedió, chocando contra la pared.
“No, no, no… Alejandro, por favor. No entiendes. Mi papá iba a ser gobernador. Si esos papeles salían, todo se acababa. La casa, el apellido, la fundación, todo.”
La miré como si estuviera viendo a una desconocida.
“¿Y Sofía?”
Valeria lloró, pero no de culpa. Lloró de miedo.
“Fue un accidente. Ella no debía entrar ahí.”
“Ella tenía sed”, dije. “Tenía siete años.”
Dos agentes la tomaron de los brazos. Ella empezó a gritar que era su madre, que yo no podía hacerle eso, que pensara en la prensa, en la familia, en el escándalo.
Ahí entendí que algunas personas no temen perder a quienes aman. Temen perder la imagen que construyeron.
“Dejaste de ser su madre cuando cerraste esa puerta”, le dije.
Se la llevaron esposada por el pasillo.