Parte 2 Santiago fue el primero en hablar. “Puede ser cualquiera….

Parte 2

Santiago fue el primero en hablar. “Puede ser cualquiera”, dijo. Mariana no levantó la vista de la pantalla. “Puede.” Esa respuesta sonó neutral, pero no lo era. Él llamó a su mamá con el altavoz encendido. Beatriz contestó con un “Santi, mi amor” tan dulce que me dieron ganas de romper algo. “¿Dónde está el vestido de Camila?”, preguntó él. Ella suspiró como si todos fuéramos niños maleducados. “Le dejé uno más apropiado.” “¿Dónde está su vestido?” Beatriz guardó silencio. “En mi camioneta. En la cajuela. Si insiste en usar esa cosa sencilla después de todo lo que hice, puede bajar por él.” Santiago salió. Volvió con mi funda real. Cuando abrí el cierre y vi la seda marfil, el encaje de mi abuela y las costuras de doña Rosa intactas, casi se me aflojó el cuerpo entero. Olía a lavanda y, debajo, a crema de gardenias. Beatriz siempre usaba crema de gardenias. “Lo tocó”, dije. Santiago bajó la mirada. “Perdón.” Yo quería creerle. Esa era la parte humillante. Una parte de mí todavía quería creer que él solo estaba atrapado entre su madre y yo. Mariana se acercó y me dijo en voz baja: “Puedes cancelar. También puedes seguir. Pero no confundas no dejar que Beatriz gane con confiar en Santiago. Son preguntas distintas.” Me puse mi vestido. Mi mamá lloró al verme. “Te ves como tú”, repitió. Y esa frase fue mi armadura. Caminé por el jardín de la hacienda al mediodía, entre bugambilias, rosas blancas y música de violín. Vi a Beatriz en la tercera fila, lejos del lugar que ella misma se había reservado en primera. Tenía los labios apretados, como si la compostura fuera su última arma. Santiago me esperaba en el altar. Cuando me vio, lloró. Lloró como el hombre del que me había enamorado, aquel que me llevaba café cuando calificaba exámenes, que leía mis libros favoritos para entender mis referencias, que decía que yo lo hacía sentirse honesto. Me dolió que mi corazón respondiera. Nos casamos. Firmamos. Besamos. Todos aplaudieron. Durante unas horas hice lo que tantas mujeres hacen: sostener una celebración mientras por dentro una duda mastica los cimientos. En la recepción, entre mole, vino blanco y centros de mesa exagerados, la fotógrafa se acercó y me preguntó sonriendo: “¿Al final haremos fotos con el segundo vestido o lo descartamos?” Sentí que el ruido del salón se apagaba. “¿Qué segundo vestido?” Ella palideció. “Perdón. Tu esposo dijo hace semanas que su mamá había preparado un vestido más formal para fotos de salón.” Encontré a Santiago junto al pasillo de servicio. “¿Hace semanas?”, pregunté. Su cara cambió antes que su voz. “Yo no sabía que ella iba a cambiarlo.” “Pero sabías que existía.” “Sabía que estaba insistiendo.” “¿Y no me dijiste?” “Intentaba manejarla.” Me reí, seca. “No. Intentabas evitar que yo reaccionara antes de que te incomodara.” Entonces apareció Patricia, una tía de Santiago que siempre parecía haber visto más de lo que decía. Le pregunté si sabía del vestido. No fingió sorpresa. “Sabía que Beatriz compró uno. No sabía que planeaba meterlo a tu cuarto como ladrona de boutique.” Miró a Santiago y agregó: “Tu problema, sobrino, es que toda la vida has traducido las locuras de tu madre a palabras más pequeñas.” Después Mariana me mostró otro video: cámara de entrada lateral, 2:39 a.m. Beatriz entrando con la funda. Cuatro segundos después, Santiago abriendo la puerta. Ya no era un reloj borroso. Era él. En la suite, cuando lo confronté, dijo la frase que terminó de romperme: “Iba a contártelo después de la ceremonia.” Después. Después del acto civil. Después de las fotos. Después de que irme fuera más complicado. Su celular vibró sobre la mesa. Vi el mensaje antes de que lo volteara: “Hice exactamente lo que me pediste y aun así hizo escena. —Mamá.” Le pedí el teléfono. La conversación llevaba días. “El vestido parece de maestra de pueblo”, escribió Beatriz. “No combina con una boda Montes de Oca.” Santiago respondió: “Lo sé, pero si presionas ahora se va a cerrar.” Luego: “Solo asegúrate de que la fotógrafa tenga las dos opciones.” Me quité el anillo y lo dejé sobre la mesa. El sonido fue pequeño, pero definitivo. Esa noche no dormí en la suite nupcial. Me fui con Mariana a casa de mis padres, con mi vestido real en el asiento trasero como si llevara conmigo el cuerpo de una versión de mí que acababa de morir.
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