PARTE 2
Roberto abrió la carpeta con una precisión quirúrgica que a Diego le revolvió el estómago. Sacó 3 hojas impresas, 1 memoria USB plateada, 1 sobre amarillo y 1 copia notariada con sellos oficiales.
—¿Qué demonios es todo eso? —Diego frunció el ceño, intentando recuperar el control de su territorio.
—Tu sentencia de salida, si decides seguir jugando al intocable —sentenció Roberto, apoyando ambas manos sobre la mesa de talavera.
Diego soltó 1 carcajada seca, desprovista de gracia. —A mí no me vengas a amenazar en mi propia casa.
—No es 1 amenaza, muchacho. Son hechos —Roberto deslizó la primera hoja—. Anoche, a la 1 con 38 minutos de la madrugada, Elena me llamó. A las 2 con 15, levanté 1 denuncia preliminar con 1 abogado penalista de guardia. A las 4 de la mañana, 1 médico legista particular documentó y fotografió el golpe en el rostro de tu madre. A las 5 con 15 minutos, firmamos la constancia. Si yo salgo hoy por esa puerta, en menos de 1 hora se ratifica la denuncia formal por violencia intrafamiliar agravada.
El color abandonó el rostro de Diego. Parpadeó 3 veces, tragando saliva.
—Ustedes no harían eso… —murmuró.
Elena se inclinó ligeramente hacia adelante. —Ya lo hicimos.
Roberto abrió el sobre amarillo y esparció 4 fotografías a color sobre el mantel. El pómulo inflamado de Elena. El labio reventado. Las marcas de los dedos bajando hacia su cuello. Diego apartó la vista de inmediato, asqueado de su propio reflejo en el papel.
—Eso fue solo 1 cachetada. Ni siquiera te di tan fuerte, estás exagerando como siempre —se defendió, soltando el veneno habitual.
El sonido de la taza de Elena chocando contra el plato resonó en la cocina como 1 disparo.
—Para ti nunca es para tanto —dijo ella, con los ojos brillando de 1 rabia acumulada por años—. Nunca fue para tanto cuando rompiste la puerta del baño a patadas. Nunca fue para tanto cuando estrellaste mi celular contra la pared. Nunca fue para tanto cuando me jaloneaste en la escalera. Y anoche tampoco, ¿verdad?
Los recuerdos tóxicos llenaron la habitación. Diego quiso hablar, pero las palabras se le atoraron. Roberto sacó la copia notariada.
—Lee esto —ordenó.
Diego arrebató el papel. Leyó 2 líneas y sintió que el suelo se abría. —Aviso de revocación… ¿De qué hablan? No pueden correrme. ¡Esta es mi casa!
—No. Es mi casa —lo frenó Elena.
—La propiedad está a nombre exclusivo de tu madre desde hace 11 años. Cuando nos divorciamos, yo le cedí el 100 por ciento —explicó Roberto—. Tú jamás has pagado 1 peso de hipoteca, luz, predial o agua. Legalmente, eres 1 intruso. Y a las 8 con 30 minutos llega 1 patrulla, 1 trabajadora social y 1 actuario para sacarte. Se acabó el teatrito, Diego.
El muchacho de 23 años se puso de pie de 1 salto, tirando la silla hacia atrás. —¡Están enfermos! ¡Yo no me voy a ningún lado!
—¡Siéntate! —la voz de Elena estalló con una fuerza abrumadora—. ¡Aún no termino contigo!
Él la miró, aterrado. La misma mujer que se encogía ante sus gritos ahora lo miraba como quien observa 1 herida infectada que debe ser extirpada. Diego levantó lentamente la silla y se sentó.
—Tu papá nos abandonó, sí. Nos hizo pedazos, sí —continuó Elena, sin apartar la mirada—. Pero tú usaste ese dolor como pretexto para convertirte en 1 verdugo. Te robabas dinero de mi bolsa y yo te justificaba. Llegabas borracho a hacer escándalos en la colonia y yo daba la cara por ti. Me pasé media vida convencida de que eras 1 víctima, para no aceptar que estaba criando a mi propio agresor.
Roberto empujó la memoria USB hacia el centro de la mesa. —Ahí están los videos de la casa de empeño donde vendiste la laptop de tu madre hace 3 meses. Los audios de tus amenazas. Y las 12 transferencias ilegales que le hiciste a tu cuenta usando su banca móvil mientras ella dormía. Robo, fraude doméstico y violencia. Tienes exactamente 15 minutos antes de que la policía toque el timbre.