Mi hijo de seis años miró directamente a mi frío jefe multimillonario y dijo: “Eres demasiado guapo para estar solo; sé mi papá.” Estaba segura de que perdería mi trabajo. Pero, en cambio, aquello se convirtió en el comienzo de una historia de amor que lo cambió todo.

PARTE 1

—Estás demasiado guapo para estar solo. Deberías ser mi papá.

Mi hija Sofía lo dijo en voz alta, en medio del pasillo ejecutivo del piso 32, como si estuviera pidiendo un chocolate en la tienda.

El silencio cayó de golpe.

La recepcionista dejó de teclear. Un abogado de la firma se quedó con el café suspendido en la mano. Y Alejandro Montes, el dueño de Grupo Montes, el hombre más frío, rico e imposible de complacer de todo Santa Fe, se quedó mirándola sin parpadear.

Yo sentí que se me iba la sangre a los pies.

—Sofía… —alcancé a decir.

Pero mi hija, de seis años, con sus dos trenzas chuecas y su mochila de unicornio, siguió como si nada:

—Mi mamá dice que los hombres solos se ponen amargados. Y tú tienes cara de que nadie te abraza.

Pensé: aquí se acabó mi carrera.

Yo me llamo Mariana Ríos, tengo treinta y un años, soy madre soltera y coordinadora creativa en una agencia de publicidad que vive de impresionar a empresarios que no sonríen ni por accidente. Alejandro Montes era nuestro cliente más importante… y también nuestro jefe indirecto, porque acababa de comprar la agencia.

Esa mañana todo salió mal.

Mi vecina, quien cuidaba a Sofía antes de la escuela, tuvo que llevar a su esposo al hospital. Mi mamá, doña Carmen, amaneció con la presión alta. Y la escuela de Sofía mandó mensaje diciendo que no habría clases por una fuga de agua.

Yo tenía una presentación clave a las doce.

No podía faltar. No podía perder ese empleo. La renta en la Narvarte no se pagaba con buenas intenciones.

Así que llevé a Sofía conmigo, le di una tablet, unas galletas y la advertencia más seria de mi vida:

—No hables con nadie importante.

Obviamente, habló con el hombre más importante del edificio.

Alejandro se agachó frente a ella. Su traje azul oscuro parecía cortado a mano, su reloj valía más que mi coche usado y su mirada normalmente hacía temblar a directores completos.

Pero en ese momento… sonrió.

No una sonrisa educada.

Una sonrisa real.

—¿Y por qué crees que necesito ser tu papá? —preguntó.

Sofía levantó los hombros.

—Porque mi papá de verdad se fue y mi mamá finge que no le duele. Tú también finges. Entonces tal vez se pueden ayudar.

Sentí que el mundo se me partía en dos.

—Perdón, licenciado Montes —dije rápido, acercándome—. Mi hija no debió decir eso. Le juro que no volverá a pasar.

Él me miró por primera vez de una manera distinta. No como empleada. No como una persona más del equipo. Como si de pronto hubiera descubierto que yo existía fuera de las juntas y los correos a medianoche.

—No se disculpe por una niña honesta, Mariana.

Que supiera mi nombre me dejó helada.

Sofía sonrió triunfante.

—¿Ves, mamá? Sí quiere.

Yo iba a tomarla de la mano para sacarla de ahí cuando el elevador se abrió detrás de nosotros.

Mi exsuegra, doña Elena, apareció con Iván, el padre de Sofía, el mismo hombre que llevaba casi dos años sin verla.

Y al ver a mi hija junto a Alejandro, soltó frente a todos:

—Así que por eso no dejas que mi hijo vea a la niña… ya le conseguiste un papá millonario.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…