Mi nieta de siete años se aferró a mí y susurró que su mamá había estado metiendo algo a escondidas en su jugo… Casi lo descarté como la imaginación de una niña.

PARTE 1

—Mi mamá le pone algo raro a mi juguito para que me duerma —me susurró Camila, mi nieta de siete años, mientras se aferraba a mi camisa como si yo fuera la última puerta abierta del mundo.

Al principio pensé que era una de esas frases que dicen los niños cuando no entienden por qué se sienten mal. Había llegado tarde a su cumpleaños, tres días tarde, con un conejo de peluche comprado en una tienda del Centro de Guadalajara y una culpa que me venía siguiendo desde el domingo.

Pero cuando abracé a Camila, algo no cuadró.

Su cuerpo pesaba demasiado para una niña despierta. Tenía los ojos vidriosos, la boca seca y hablaba como si las palabras le costaran trabajo. Mi nuera, Valeria, estaba en la cocina, preparando café, actuando con una tranquilidad que me dio más miedo que cualquier grito.

—Es que Camila es muy dramática, don Ramón —dijo sin mirarme—. Últimamente inventa cosas para llamar la atención.

Mi hijo Diego no estaba. Según Valeria, seguía en el taller, trabajando horas extras. Yo había visto cansancio en Camila antes, pero nunca así. La niña se me pegó al oído otra vez.

—Sabe feo, abuelito. Y luego me da sueño raro.

Sentí un golpe frío en el estómago.

—¿Qué jugo, mi niña?

Ella señaló un vaso de plástico rosa sobre la mesa. Olía a mango, pero también tenía un olor medicinal, como jarabe escondido debajo del azúcar.

Valeria apareció detrás de mí.

—No empiece, don Ramón. Es jugo del súper. Si no me cree, ahí está el envase.

Su tono fue demasiado rápido, demasiado defensivo.

Yo no discutí. Tomé a Camila en brazos y dije que la llevaría por una nieve, que ya volveríamos. Valeria quiso detenerme.

—No puede sacarla así. Está cansada.

—Precisamente por eso —respondí.

Manejé hasta una clínica particular en la colonia donde vivía mi hermana. No fui al Seguro porque sabía que me harían esperar, y Camila no podía esperar. En el camino, ella se quedó dormida de golpe, con el conejo apretado contra el pecho.

El doctor, un hombre serio llamado Ernesto Salgado, la revisó sin alarmarse al principio. Luego pidió análisis urgentes.

Una hora después regresó con una hoja en la mano.

Empezó a hablar, pero se quedó a media frase.

Miró los resultados.

Luego miró a Camila.

Después me miró a mí con una expresión que jamás olvidaré.

—Don Ramón… ¿quién le ha estado dando difenhidramina a esta niña?

Yo no entendí la palabra, pero sí entendí su miedo.

Y entonces recordé el vaso rosa sobre la mesa.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

—Esto no parece una dosis accidental —dijo el doctor Salgado, bajando la voz como si las paredes también pudieran traicionar a Camila—. Los niveles indican que se le ha dado varias veces.

Varias veces.

Sentí que me ardían las manos. Camila seguía dormida en la camilla, demasiado quieta, con el peluche metido bajo el brazo. Afuera, en la sala de espera, una señora discutía por una receta y un niño lloraba porque le iban a poner una inyección. La vida seguía normal para todos menos para mí.

—¿Eso es veneno? —pregunté.

El doctor respiró hondo.

—Usado correctamente, es un antihistamínico. Pero en una niña, repetido y sin control médico, puede ser peligroso. Puede causarle somnolencia extrema, confusión, alteraciones del ritmo cardíaco. Don Ramón, alguien la está sedando.

Sedando.

No dije nada durante unos segundos porque si abría la boca, iba a gritar.

—Tengo que reportarlo —añadió él—. Y necesito ser claro: Camila no debe regresar hoy a la misma casa.

—No va a regresar —dije.

Lo dije antes de pensarlo. Me salió desde un lugar más profundo que la razón.

Cuando tomé el teléfono para llamar a Diego, mis dedos temblaban. Pero antes de marcar, entró una llamada de Valeria. La pantalla se iluminó con su nombre.

Contesté.

—¿Dónde está mi hija? —preguntó con una furia ensayada.

—En una clínica.

Hubo silencio.

—¿Qué le hizo?

La acusación me golpeó, pero no me sorprendió.

—El doctor encontró medicamento en su sangre.

Valeria tardó demasiado en responder.

—Camila toma cosas sin permiso. Ya sabe cómo son los niños.