Mi novio apareció con su hermana, seis maletas y una lista de gastos que quería que yo cubriera. “Si no te gusta, entonces vete tú.” Pero olvidó quién había pagado cada rincón de esa casa, y en cuestión de minutos todo explotó

PARTE 2

Bajé al lobby con la carpeta azul apretada contra el pecho. Don Ernesto, el administrador del edificio, levantó la mirada desde su escritorio y, al verme la cara, no preguntó demasiado.

“¿Todo bien, licenciada Mariana?”

“No”, respondí. “Necesito hablar del departamento 904.”

Me hizo pasar a su oficina. Sobre la pared tenía una foto de la Basílica de Guadalupe y un calendario viejo de una inmobiliaria. Mientras abría mi expediente en la computadora, yo respiraba despacio para no explotar.

“Usted es la única titular del contrato”, confirmó.

“Correcto.”

“¿El señor Rodrigo aparece como aval, coarrendatario o responsable de pagos?”

“No aparece en ninguna parte.”

Don Ernesto ajustó sus lentes.

“Entonces es invitado.”

Esa palabra me devolvió el aire.

Invitado.

Eso era Rodrigo legalmente. Un invitado que había llegado con una sonrisa perfecta, camisas caras y discursos sobre amor, futuro y equipo. Un invitado que nunca pagó renta porque “su negocio estaba por despegar”. Un invitado que usó mi refrigerador, mi cama, mi internet, mi tarjeta adicional y ahora pretendía meter a su hermana a vivir de lujo conmigo.

“Quiero terminar el contrato hoy”, dije.

Don Ernesto se quedó serio.

“Hay penalización. Es alta.”

“Páguela con mi depósito y lo demás se lo transfiero ahora.”

No dudé. Firmé cada hoja. Devolví mis llaves, mis tarjetas de acceso y el pase del estacionamiento. Don Ernesto llamó a seguridad.

“Al entregar la unidad, todos los accesos quedan cancelados de inmediato”, explicó.

Por primera vez en toda la mañana, sonreí sin fingir.

Me senté en el lobby, junto a una maceta enorme, y esperé.

No pasaron ni quince minutos cuando mi celular empezó a vibrar.

Rodrigo:
¿Qué hiciste?

Rodrigo:
Mi tarjeta no abre.

Rodrigo:
Mariana, contesta.

Rodrigo:
No seas ridícula.

Luego llegó uno de Valeria:

Oye, ¿por qué no podemos usar el elevador?

En ese momento las puertas se abrieron. Rodrigo salió furioso, con la camisa arrugada y el rostro rojo. Valeria venía detrás, abrazando su bolsa como si alguien fuera a quitársela.

“¿Qué hiciste?”, gritó él frente a todos.

Don Ernesto se levantó.

“Señor, le pido que baje la voz.”

“¡Yo vivo aquí!”

“Vivía como invitado de la titular”, respondió Don Ernesto con una calma impecable. “La titular entregó el departamento. Tienen dos horas para retirar sus pertenencias con supervisión de seguridad.”

Valeria palideció.

“¿Cómo que dos horas? ¿Y mis cosas?”

“Sus cosas se bajan al área de carga”, dijo un guardia.

Rodrigo me señaló con el dedo.

“Esto es una venganza. Estás loca.”

“Solo seguí tu consejo”, le dije. “Empaqué.”

Valeria lo miró confundida.

“Rodrigo, tú me dijiste que este departamento también era tuyo.”

Él no respondió.

Entonces Don Ernesto añadió:

“También deben retirar el Mercedes del cajón 42 antes de las tres. El pase quedó cancelado. Si no lo mueven, se llama grúa.”

Rodrigo se puso blanco.

Ese Mercedes no era suyo. Estaba a mi nombre. Yo pagaba el seguro, las placas y hasta la gasolina cuando él “olvidaba” su cartera.

Valeria dio un paso atrás.

“¿También me mentiste con eso?”

Rodrigo abrió la boca, pero su celular sonó. Miró la pantalla y vi cómo su furia se transformaba en miedo.

“Es de la oficina”, murmuró.

Contestó y caminó unos pasos. Al principio intentó sonar tranquilo, pero a los pocos segundos su rostro se descompuso.

“No, licenciado, puedo explicarlo… no, ella no tiene nada que ver… sí, esa dirección es correcta, pero…”

Me miró con terror.

“Mariana”, susurró, tapando el teléfono. “¿Hablaste con mi jefe?”

Yo no había hablado con nadie.

Todavía.

Pero en ese momento entendí que el castillo de mentiras de Rodrigo ya estaba cayéndose solo.

Y lo que venía después iba a ser mucho peor que quedarse sin departamento.