PARTE 1
“O mantienes a mi hermana como se merece… o te largas de este departamento.”
Eso fue lo primero que escuché aquel domingo, antes de terminar mi café de olla. Yo estaba descalza en la cocina, con una bata vieja y el cabello recogido, mirando cómo la luz entraba por los ventanales de mi departamento en la colonia Del Valle, en Ciudad de México.
Al principio pensé que Rodrigo estaba bromeando. Llevábamos casi dos años viviendo juntos, o mejor dicho, él llevaba casi dos años viviendo conmigo. El departamento estaba a mi nombre, la renta salía de mi cuenta, los muebles los había comprado yo con años de trabajo en una agencia de marketing, y hasta las plantas del balcón las había elegido yo una por una.
Pero Rodrigo no estaba bromeando.
Estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados, mirándome como si fuera el dueño de todo. A sus pies había tres maletas grandes, de esas rígidas y carísimas, golpeando el piso de madera que tanto me había costado cuidar.
“¿De qué hablas?”, le pregunté, dejando la taza sobre la barra para que no se notara que me temblaban las manos.
“Valeria viene a vivir con nosotros”, dijo, como si me estuviera avisando que iba a llover. “Ya lo decidimos. Se está separando de su esposo y necesita estabilidad.”
“¿Y cuándo pensabas preguntarme?”
Rodrigo soltó una risa seca.
“No seas egoísta, Mariana. Tú ganas bien. Además, este lugar es grande.”
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió sin que nadie tocara. Entró Valeria, su hermana, usando lentes oscuros enormes, una bolsa de diseñador colgada del brazo y botas mojadas que pisaron directo mi tapete beige.
“¡Ay, por fin!”, exclamó, dejando caer dos maletas más en la entrada. “Qué bueno que ya todo quedó claro.”
Se sentó en mi sillón de piel como si estuviera llegando a un hotel boutique de Polanco. Rodrigo corrió a abrazarla, le besó la frente y le dijo:
“Ya estás en casa, Vale.”
En casa.
Mi casa.
Valeria se quitó los lentes y me sonrió con esa ternura falsa que usan las personas acostumbradas a salirse con la suya.
“Gracias, Mari. Rodrigo me dijo que tú ibas a entender.”
Entonces Rodrigo sacó una hoja doblada de su bolsillo y me la entregó.
Era una lista.
Renta de Valeria: cubierta por Mariana.
Gimnasio: cubierto por Mariana.
Uñas, cabello y terapia emocional: cubiertos por Mariana.
Ropa nueva para entrevistas: presupuesto mensual.
Al final, escrito con plumón rosa, decía: “Extras de bienestar”.
Sentí que algo dentro de mí se rompía, pero no fue el corazón. Fue la paciencia.
Rodrigo interpretó mi silencio como rendición.
“Entonces ya sabes”, dijo. “O ayudas a mi hermana, o empiezas a empacar.”
Valeria tomó una botella de vino caro que yo guardaba para celebrar mi ascenso y preguntó:
“¿Abrimos esta para brindar?”
Los dos se rieron.
Yo también sonreí.
“Está bien”, dije con calma.
Rodrigo relajó los hombros, creyendo que había ganado. Valeria ya estaba buscando copas.
Entré a mi recámara, saqué una maleta pequeña y guardé mi pasaporte, mis joyas, mi laptop y una carpeta azul con documentos importantes.
Cuando regresé, ellos ya estaban tomando mi vino.
“¿Ya te vas?”, preguntó Valeria, levantando su copa.
“Disfruten lo que queda”, respondí, abriendo la puerta.
Porque en menos de una hora, ninguno de los dos tendría dónde sentarse.
Y lo peor para Rodrigo era que todavía no sabía el detalle que acababa de destruirle la vida.