Mi suegro no tenía pensión. Lo cuidé con todo mi corazón durante doce años. En su último aliento, me entregó una almohada rota y me dijo: «Para María». Cuando la abrí, lloré sin parar…
Soy María. Comencé mi papel de nuera a los 26 años. En aquel entonces, la familia de mi esposo ya había pasado por muchas dificultades. Mi suegra había fallecido joven, dejando a mi suegro, Tatay Ramón, a cargo de cuatro hijos. Él se dedicó a cultivar arroz y verduras toda su vida en Nueva Écija, sin un trabajo estable ni pensión.
Para cuando me casé con su hijo, casi todos los hijos de Tatay Ramón ya tenían sus propias familias y rara vez lo visitaban. El resto de su vida dependía casi por completo de mi esposo y de mí.
A menudo oía a los vecinos susurrar:
“¿Qué es eso? Es solo una nuera, pero parece su sirvienta. ¿Quién cuidaría de un suegro durante tanto tiempo?”
Pero yo pensaba diferente. Él era un padre que sacrificó toda su vida por sus hijos. Si le daba la espalda, ¿quién cuidaría de él?
Doce años de juicio

Esos doce años no fueron fáciles. Era joven y a menudo me sentía cansada y sola. Cuando mi esposo trabajaba en Manila, me quedaba sola cuidando de nuestra pequeña hija y de Tatay Ramón, que ya estaba débil. Cocinaba, lavaba y me quedaba despierta hasta tarde vigilando su respiración.
Una vez, exhausto, le dije:
“Padre, solo soy tu nuera… a veces siento una gran opresión en el pecho.”
Él solo sonrió con dulzura y, con manos temblorosas, tomó las mías:
«Lo sé, hija. Por eso te estoy aún más agradecido. Sin ti, tal vez ya no estaría aquí».
Jamás olvidaré esas palabras. Desde entonces, me prometí hacer todo lo posible para que su vida fuera más llevadera. Cada invierno le compraba un abrigo grueso y una manta. Cuando le dolía el estómago, le preparaba sopa de arroz. Cuando le dolían los pies, se los masajeaba con ternura.
Jamás imaginé que algún día me dejaría algo. Lo hice porque lo consideraba como un padre.
El último momento

Con el paso del tiempo, Tatay Ramón se fue debilitando. A los 85 años, el médico del hospital provincial dijo que su corazón estaba muy débil. Unos días antes de su última noche, solía llamarme a su cabecera para contarme historias de su juventud y recordarles a sus hijos y nietos que vivieran con honor.