“Quiero saber quién es Bruno cuando nadie lo está mirando.”
Rafael hizo llamadas. Tres días después me citó en una cafetería cerca de Metro Etiopía. Llegó con una carpeta delgada.
“No tiene antecedentes aquí”, dijo. “Pero vivió en Guadalajara hace cuatro años. Allá una mujer llamada Mariana Ríos levantó una denuncia por violencia familiar. Había fotos, un parte médico y vecinos que escucharon golpes. Retiró la denuncia dos semanas después.”
Sentí náuseas.
“¿Dónde está ella?”
“Se fue a vivir con una tía en Tepic. No quiso hablar más.”
Bruno no estaba perdiendo el control por primera vez. Lo había practicado antes.
La siguiente vez que vi a Daniela fue en el mercado de Coyoacán. Estaba más delgada. Tocó unas flores amarillas y dijo:
“¿Te acuerdas cuando me comprabas girasoles cuando sacaba diez?”
“Claro.”
Me miró con los ojos llenos de agua.
“Ya no me siento yo, mamá.”
Esa fue la grieta.
Semanas después me llamó desde el baño de su trabajo.
“Bruno revisa mi celular. Dice que tú quieres destruir nuestro matrimonio.”
“Dani, eso no es amor.”
“No sé cómo salirme. Dice que si me voy, me encuentra. Puso una aplicación para saber dónde estoy.”
Ese día entendí que esperar también podía ser una forma de abandonarla.
Hablé con Rafael otra vez. También contacté a la licenciada Laura Medina, una agente del Ministerio Público que conocía desde hacía años. Les conté todo. Les dije que algún día iba a necesitar moverme rápido.
Ese día llegó una tarde de lluvia.
Fui al departamento de Daniela porque no me contestaba. Desde el pasillo escuché un golpe seco y un quejido ahogado. Toqué la puerta hasta lastimarme los nudillos.
“¡Daniela, abre!”
Cuando abrió, tenía el labio reventado, el ojo casi cerrado y marcas frescas en los brazos.
La abracé. Ella se quebró.
“Me aventó contra el marco de la puerta”, susurró. “Después lloró. Me dijo que yo lo hacía ponerse así.”
“Hoy te vienes conmigo.”
“No puedo. Me va a encontrar.”
“Esta vez no.”
Entonces la llave giró.
Bruno entró mojado, con la cara endurecida. Me vio a mí, vio la maleta abierta sobre la cama y ya no fingió.
“¿Qué es esto?”
“Daniela se va.”
Él se rió.
“Daniela, dile a tu mamá que deje de hacer el ridículo.”
Ella no habló.
Yo di un paso al frente.
“Sé lo de Mariana Ríos.”
Su sonrisa desapareció por un segundo.
“Usted no sabe nada.”
“Sé suficiente.”
Entonces se acercó, con esa confianza horrible de los cobardes.
“¿Y usted qué va a hacer, vieja metiche?”
Ahí saqué el celular. Tomé la foto. La mandé.
Treinta minutos, le dije.
Él bloqueó la puerta. Nos insultó. Le ordenó a Daniela que dijera que todo era mentira. Ella temblaba tanto que el sillón crujía bajo su cuerpo.
A los veintisiete minutos, se escucharon pasos en el pasillo.
Luego un golpe fuerte en la puerta.
“¡Policía! ¡Abra la puerta!”
Bruno me miró pálido.
Y todavía no sabía que lo peor para él apenas comenzaba.
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