—No la toques.
—¿Y tú qué? —escupió Alejandro—. ¿Ahora eres su héroe?
Mauricio no se movió.
—No. Solo fui el que estuvo ahí cuando tú preferiste champaña.
Valeria abrió la carpeta y sacó documentos.
—Tenemos registros bancarios, cargos hechos durante la emergencia, fotografías en espacios públicos, mensajes enviados desde un teléfono alterno y una declaración médica firmada por el doctor Mauricio Rivas.
Alejandro sintió que el piso se le iba.
—¿Teléfono alterno?
Mariana sacó otra hoja.
Era una captura de pantalla.
Un mensaje enviado a Camila a las 2:41 a.m., minutos después de la llamada de Mauricio:
“No te preocupes. Mariana siempre exagera. Esta noche es nuestra.”
La cara de Lucía se llenó de rabia.
—Mi hermana estaba en una mesa de operaciones.
Alejandro no supo qué decir.
Por primera vez, no había una mentira lista.
—Fue un error —murmuró—. Una estupidez. Me asusté.
Mariana negó lentamente.
—Un error es olvidar pagar la luz. Tú elegiste no venir. Elegiste gastar nuestro dinero. Elegiste besar a otra mientras yo despertaba preguntando por ti.
Alejandro se defendió con lo único que le quedaba: soberbia.
—¿Y vas a destruir todo lo que construimos por una noche?
Mariana apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Una noche? Yo vendí mis joyas cuando tu empresa estaba quebrada. Mi papá hipotecó su casa para salvarte. Tú firmaste un acuerdo prometiendo participación y protección. ¿También se te olvidó?
Él palideció.
—Eso fue hace años.
Valeria deslizó un contrato viejo hacia él.
—Los documentos envejecen mejor que las promesas, señor Serrano.
Alejandro recordó esa firma. El departamento pequeño. Mariana llorando de miedo. Él diciéndole: “Cuando esto crezca, todo será de los dos.”
Ahora esa frase volvía como sentencia.
—No puedes hacerme esto —dijo, mirando a Mariana.
Ella se levantó con dificultad.
—Yo no te estoy haciendo nada. Solo dejé de cubrirte.
Valeria empujó el paquete legal frente a él.
—El juez puede ordenar congelamiento parcial de cuentas mientras se revisa el uso indebido de recursos comunes.
—¡Esta es mi casa! ¡Mi empresa!
Mariana lo miró con una tristeza más dura que el odio.
—No. Era nuestra vida. Y tú la usaste como hotel de paso.
Entonces Valeria sacó la última fotografía.
Alejandro en el muelle, besando a Camila mientras sonreía al mar.
Mariana no lloró.
Solo dijo:
—Firma la notificación. O la recibes mañana en tu oficina, delante de tus socios.
Y Alejandro entendió que lo peor todavía no había empezado.
PARTE 3
La caída de Alejandro no fue con gritos ni golpes.
Fue con correos, sellos, llamadas no contestadas y puertas que antes se abrían solas.
Primero fue el banco. La cuenta compartida quedó restringida. El gerente, que antes lo llamaba “licenciado” con una sonrisa, ahora hablaba de “investigación”, “retiros no autorizados” y “disputa patrimonial”.
Luego fue la empresa. Sus socios ya sabían. Habían visto la notificación legal y el nombre de Mauricio como testigo. En Guadalajara todos sabían que Mauricio no se metía en chismes.
—Por salud de la firma, debes apartarte temporalmente —le dijo uno de sus socios.
—¿Me están corriendo?
—Estamos protegiendo la empresa de tu juicio.
Esa palabra lo persiguió todo el día.
Juicio.
Justo lo que había perdido por una suite, una amante y la fantasía de que las consecuencias eran para otros.
Después llamó a Camila.
Necesitaba que alguien todavía lo mirara como si valiera algo.