PARTE 2:
La ambulancia llegó con las sirenas rompiendo el aire de aquella colonia elegante donde todos fingían no mirar por las ventanas.
Yo subí con Sofía en brazos, sin soltarle la mano. Los paramédicos le hablaban, revisaban su respiración, le ponían oxígeno. Yo solo repetía:
“Estoy aquí, mi amor. Mami está aquí. No te vayas.”
En el hospital, se la llevaron detrás de unas puertas blancas y una enfermera me detuvo.
“No puede pasar.”
“¡Soy su mamá!”, grité.
“Precisamente por eso tiene que dejarnos trabajar.”
Me quedé en el pasillo cubierta de sangre, con las piernas temblando, hasta que se acercó una agente de la Fiscalía. Se llamaba Laura Méndez. Me habló con calma, pero sus ojos lo entendían todo.
Le conté lo de las copas. La frase de mi papá. La risa de mi mamá. Lo que dijo frente a todos.
“¿Alguien más escuchó eso?”, preguntó.
“Mi hermano Rodrigo. Su esposa Fernanda. Hasta los niños estaban ahí.”
Rodrigo llegó poco después, pálido, como si hubiera envejecido diez años.
“Mariana”, me dijo, “la policía está en la casa. Mamá y papá dicen que Sofía se cayó. Que tú estás inventando todo porque siempre les has tenido rencor.”
Me reí, pero fue una risa rota.
“Claro. Eso hacen. Rompen algo y luego culpan a quien sangra.”
Fernanda se sentó a mi lado, llorando.
“Yo escuché a tu mamá”, dijo. “Dijo que solo Camila importaba. Lo voy a declarar.”
En ese momento pensé que ya nada podía sorprenderme.
Me equivoqué.
Horas después, Rodrigo volvió con el celular en la mano.
“Hay algo que tienes que ver.”
Fernanda había puesto una cámara pequeña en la sala para grabar la reacción de Camila cuando viera el pastel. La cámara no alcanzaba el cuarto, pero sí grabó parte del pasillo y la cocina.
En el video se veía a mi mamá subiendo las escaleras. Luego a mi papá. Minutos después bajaban juntos. Mi madre se acomodaba el cabello como si nada. Mi padre se limpiaba la mano con un pañuelo.
Luego se escuchaba su voz.
“Por fin va a verse como lo que vale.”
Y después la risa de mi mamá.
Sentí náuseas. No era solo mi palabra contra la de ellos. Había prueba.
A medianoche, el doctor salió. Tenía el rostro cansado.
“Su hija está viva”, dijo. “Pero está delicada. Recibió varios golpes. No fue una caída.”
Me llevé las manos a la boca para no gritar.
Dos días después, Sofía abrió los ojos. Apenas podía hablar.
“Mami…”
Lloré sobre su manita.
“Estoy aquí, mi vida.”
Ella miró alrededor, confundida.
“¿La abuelita se enojó conmigo?”
Sentí que el mundo se partía otra vez.
“No, mi amor. Tú no hiciste nada malo.”
Sofía tragó saliva con dificultad.
“Entonces… ¿por qué me pegó?”
No supe qué responder.
Esa misma tarde arrestaron a mis padres por violencia familiar, lesiones calificadas y tentativa de homicidio.
Pero antes de que se los llevaran, mi mamá alcanzó a mirarme desde la patrulla y sonrió.
Esa sonrisa me dejó claro que la peor verdad todavía no salía a la luz.