Parte 1: El olor que no desaparecía
Durante meses, el olor no me dejó en paz.
Cada noche, al acostarme, una peste insoportable salía del lado de la cama de Miguel. Era un olor húmedo, agrio… como algo que se estaba descomponiendo lentamente. Intenté ignorarlo al principio. Me decía que debía ser sudor, o humedad, o cualquier cosa normal.
Pero no lo era.
Limpié todo. Lavé las sábanas una y otra vez. Cambié almohadas, ventilé el colchón, incluso lo saqué al sol. Nada funcionó. El olor siempre volvía… más fuerte… más presente.
Y Miguel cambió.
Cada vez que me acercaba a su lado de la cama, se tensaba. Me vigilaba. Una vez, cuando intenté limpiar de nuevo, se enfadó como nunca antes:
—No toques mis cosas —me dijo con una frialdad que me heló la sangre.
Ahí empezó todo.
Las dudas. Las miradas. El silencio incómodo. Y esa sensación constante de que algo no estaba bien… de que había algo oculto justo debajo de mis ojos.
Pero nunca imaginé hasta qué punto.
PARTE 2: en la página siguiente.