Tomé las tijeras.
Corté la primera venda.
Luego la segunda.
Renata apretó los dedos contra las sábanas.
“Dígame que valió la pena.”
No respondí.
La última gasa cayó.
Y antes de que ella pudiera verse, la puerta se abrió.
Alejandro entró con un ramo enorme en las manos.
Lo que vio lo dejó sin aire…
PARTE 3
Alejandro dejó caer las flores al piso.
Los pétalos se regaron como manchas de sangre sobre el mármol.
Renata sonrió al escucharlo entrar.
“Amor, ¿ya llegaste? Ven, dime cómo me veo.”
Alejandro no se movió.
Yo estaba junto a la cama, todavía con cubrebocas y bata. Renata estaba sentada frente a él, con el rostro inflamado apenas lo justo, pero completamente reconocible.
Mi nariz.
Mi mandíbula.
Mis ojos.
Mi misma expresión de cansancio contenido.
Alejandro retrocedió un paso.
“No…”
Renata frunció el ceño.
“¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?”
Le entregué un espejo de mano.
“Es momento”, dije.
Ella lo tomó con ansiedad, esperando encontrar una versión irresistible de sí misma. Primero sonrió. Luego parpadeó. Después se llevó los dedos a la cara.
Su respiración empezó a romperse.
“No”, murmuró. “No, no, no…”
El espejo cayó al suelo y se partió en pedazos.
“¿Qué me hiciste?”, gritó. “¡Me arruinaste!”
Me quité el cubrebocas lentamente.
Luego el gorro.
Mi cabello cayó sobre mis hombros.
Renata se quedó helada.
Miró mi rostro. Luego tocó el suyo. Luego volvió a mirarme.
Éramos casi iguales.
No una copia barata. No una parodia. Una repetición exacta, cruel, imposible.
“Querías ser la mujer que él viera en todas partes”, le dije. “Felicidades.”
Renata soltó un grito que atravesó la habitación.
Alejandro se llevó las manos a la cabeza.
“Mariana, estás loca…”
“¿Loca?”, pregunté. “¿Loca por descubrir que mi esposo pagó con su tarjeta la cirugía de su amante para reemplazarme?”
Él abrió la boca, pero no encontró defensa.
Saqué una carpeta de mi bolsa y la aventé sobre la cama.
“Consentimientos firmados. Referencia fotográfica entregada por la paciente. Pago autorizado por Alejandro Robles. Reconstrucción facial estética a criterio médico. Todo legal. Todo documentado.”
Renata lloraba, jalándose la piel como si pudiera quitársela.
“Yo quería verme joven… quería verme mejor que ella…”
“Y ahora te ves como la mujer que insultaste sin conocer”, dije. “Una mujer que sostuvo una casa, crió dos hijos, pagó deudas, guardó secretos y todavía llegó a trabajar con una sonrisa aunque su marido la estuviera cambiando por alguien que confundió juventud con valor.”
Alejandro se acercó a Renata, pero al verla de cerca se detuvo.
No pudo tocarla.
Eso fue lo que más le dolió a ella.
No la cirugía. No el espejo roto.
Su verdadero castigo fue descubrir que él no la amaba: solo amaba la idea de escapar de mí.
“Arréglala”, me exigió Alejandro, con la voz quebrada.
“No puedo”, respondí. “No por completo. Y aunque pudiera, ya no trabajo para ti.”
Saqué otro sobre.
“Te llegó la demanda de divorcio. La casa está a nombre de mis hijos. La clínica también. Tus gastos con ella están registrados. Tu abogado va a tener un día largo.”
Alejandro se sentó en el piso, pálido, envejecido de golpe.
Renata lloraba frente al espejo roto, rodeada de pedazos donde aparecían fragmentos de mi cara.
Yo caminé hacia la puerta.
Antes de salir, miré a los dos.
“Querían borrar a la esposa. Ahora van a verla todos los días.”
Seis meses después, me mudé a Mérida.
Me corté el cabello, cambié mi ropa sobria por vestidos claros, volví a caminar sin revisar si alguien me seguía con una cámara. Mis hijos entendieron más de lo que yo creía. No me preguntaron por venganza. Me preguntaron si por fin estaba tranquila.
Y sí.
Renata intentó demandarme, pero ningún peritaje pudo demostrar negligencia. Había pedido parecerse a la foto. Había firmado. Alejandro había pagado.
Dicen que él ya no sale con nadie. Que cuando bebe de más en bares de la Roma, cuenta que vive perseguido por dos caras iguales: la de la mujer que traicionó y la de la amante que le recuerda su peor cobardía.
Yo no celebro lo que hice.
Pero tampoco pido perdón por haberme elegido al final.
Porque a veces, la vida no te devuelve la dignidad con flores ni disculpas.
A veces te la devuelve con un espejo roto.