Esa noche, el salón imperial resplandecía con candelabros mientras la élite de la ciudad se reunía para una gala. Julia, una doncella con un sencillo uniforme blanco y negro, pulía el suelo en silencio.
«Guarda silencio, no mires a nadie a los ojos», le susurró su compañera. Julia deseó poder desaparecer entre las paredes.
A las ocho, los invitados llegaron con deslumbrantes vestidos y elegantes trajes. Entonces llegó Gerardo Alcázar, alto y elegante con su traje, con una sonrisa cruel.
«Tú», dijo, señalando a Julia. «¿Sabes limpiar un piano sin rayarlo?».
Ella asintió y limpió con cuidado el reluciente piano de cola Yamaha. Pero al rozar las teclas con los dedos, algo se removió en su interior: aquello no era solo un instrumento, era su pasión secreta.
«¿Sabes tocarlo?», preguntó Gerardo.
«Un poco», murmuró ella.
«Toca algo», ordenó él.
Las risas resonaron en el salón. Julia cerró los ojos y comenzó. Al principio, con timidez, sus dedos se encendieron. Un nocturno surgió en el silencio, lleno de anhelo y sueños no expresados. Las sonrisas burlonas se desvanecieron. Incluso Gerardo se quedó paralizado.
Cuando la última nota se desvaneció, la sala estalló en aplausos. Julia inclinó la cabeza, pero su corazón latía con fuerza. Un invitado extranjero se adelantó. «Soy el director de una academia de música en Berlín. ¿Aceptaría una beca completa? Incluye alojamiento y manutención para su familia».