Tomás sintió que el piso se movía bajo sus pies.
—¿Qué más? —preguntó, con la voz más firme de lo que realmente se sentía.
La enfermera dudó un segundo antes de continuar.
—Ella no estaba sola… iba con un hombre. Él abandonó el lugar después del accidente.
Ese detalle cayó como un golpe seco.
No era solo negligencia.
No era solo una mala decisión.
Había algo más detrás… algo que Tomás llevaba tiempo sospechando, pero que nunca quiso enfrentar del todo.
Cerró los ojos un instante.
Pero no podía derrumbarse.
No ahí.
No ahora.
Tenía a Santiago aferrado a su mano… y a Alma luchando por recuperarse a unos metros de distancia.
Y eso era lo único que importaba.
Las horas siguientes pasaron lentas, pesadas.
Santiago no se separaba de él ni un segundo. Cada vez que alguien pasaba con una bata blanca, el niño levantaba la mirada con miedo, como esperando malas noticias.
—¿Ya despertó? —preguntaba una y otra vez.
—Pronto, hijo… pronto —respondía Tomás, aunque por dentro solo repetía lo mismo como un ruego.
Finalmente, una enfermera se acercó.
—La niña despertó.
Santiago se levantó de un salto.
—¿De verdad?
—Sí, pueden pasar.
Entraron juntos.
Alma estaba débil, conectada a suero, con los ojos apenas abiertos. Pero cuando vio a su hermano… hizo un pequeño esfuerzo por sonreír.
—Te extrañé… —susurró Santiago, subiéndose con cuidado a la cama.
—Yo también… —respondió ella, con voz casi inaudible.
Tomás se acercó lentamente.
Les acarició el cabello a ambos.
Y en ese momento, algo dentro de él cambió.
No era solo alivio.
Era una decisión.
Una que llevaba demasiado tiempo evitando.
Horas después, el teléfono volvió a sonar.
—Señor Gutiérrez —dijo una voz del otro lado—. La señora Leticia ya está consciente. Preguntó por usted… y por los niños.
Tomás miró a sus hijos.
Alma dormía otra vez.
Santiago la sostenía de la mano, como si tuviera miedo de que volviera a desaparecer.
—Voy en camino —respondió.
El hospital donde estaba Leticia era distinto.
Más frío.
Más silencioso.
Subió al tercer piso con el corazón pesado.
Cuando entró a la habitación… la vio.
Golpeada.
Con el brazo enyesado.
La mirada baja.
Y por primera vez… vulnerable.
—Los niños están vivos —dijo ella sin levantar la vista.
Tomás no respondió de inmediato.
—Sí… están vivos.
Silencio.
—¿Qué hiciste, Leticia?
Ella tardó en hablar.
—No pensé que pasaría nada… solo quería salir un rato… despejarme…
Tomás sintió la rabia subirle al pecho.
—Los dejaste tres días solos.
Ella cerró los ojos.
—Lo sé…
—La niña casi muere.
Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Leticia.
—Lo sé…
Pero esta vez… Tomás no sintió compasión inmediata.
Sintió algo más complejo.
Dolor.
Rabia.
Y una verdad que ya no podía ignorar.
—Esto va a cambiar —dijo, firme—. Me voy a quedar con los niños.
Leticia levantó la mirada, asustada.
—¿Vas a quitármelos?
—No es un castigo —respondió él—. Es lo que toca.
Ella tembló.
—Estoy sola… todo el tiempo… no tengo ayuda… me ahogo…
Tomás dio un paso adelante.
—¿Y eso justifica dejarlos sin comida? ¿Con fiebre? ¿Con miedo?
Leticia no respondió.
Porque no había respuesta posible.
Días después, la casa de Tomás ya no era la misma.
Había juguetes en la sala.
Ropa pequeña en el sillón.
Platos sin lavar en el fregadero.
Y dos niños que ahora dependían completamente de él.
La primera noche fue difícil.
Alma lloró.
Santiago despertó gritando.
Tomás no sabía exactamente qué hacer… pero se quedó.
Se levantó.
Los abrazó.
Los calmó.
Una y otra vez.
Hasta que el cansancio los venció a todos.
Al día siguiente, una psicóloga los visitó.
—Santiago se siente responsable de lo que pasó —explicó—. Cree que tiene que proteger a su hermana todo el tiempo.