Tu papá nunca se rindió. Sigue reportando tu caso cada año. Este es su número. Me quedé mirando ese papel durante mucho tiempo. Todo el mundo me había llorado, me había enterrado, me había olvidado. Menos él. El viernes del cumpleaños 50 de mi madre, Víctor salió rumbo a Monterrey para la fiesta. Rosa llegó antes del amanecer, abrió la puerta de mi cuarto y no me miró siquiera. No hacía falta. Yo entendí. Corrí. Caminé por carretera, helada, hambrienta, con el cuerpo roto y el alma despierta. Llegué a un café de paso, cargué el celular en el baño y marqué el número que recordaría aunque me hubieran quitado la memoria. —¿Bueno? —contestó mi padre. —Papá… soy yo. Soy Trinidad. Estoy viva. Hubo 4 segundos de silencio. —No te muevas —me dijo—. Ya voy por ti. No me pidió pruebas. No dudó. No lloró por teléfono. Solo vino. Llegó 6 horas después. Entró al café, me vio y el tiempo se detuvo. Me abrazó como si yo todavía tuviera 19 años. Como si todo ese horror no hubiera conseguido arrancarme de él. Ese mismo día me presentó a un investigador retirado llamado Héctor Palacios. Él tenía una orden lista para actuar al amanecer, pero yo me negué. —Primero voy a entrar a esa casa —le dije—. Y voy a sacar con mis manos lo que ellos escondieron todos estos años. Héctor me miró fijo. Mi padre también. Sabían que era una locura. Y aun así, me dieron 2 horas. Porque después de 9 años encerrada, yo no iba a dejar que otra persona contara mi historia por mí.
PARTE 2 La dieron por muerta, su propia familia se quedó con la herencia y