PARTE 2 —Léelo fuerte, hija —le dije. Sofía tragó saliva…….

PARTE 2
—Léelo fuerte, hija —le dije. Sofía tragó saliva. El salón entero parecía contener la respiración. —Escritura pública de propiedad… vivienda ubicada en Zapopan, Jalisco… propietaria única: Sofía Vargas Mendoza. El rostro de doña Beatriz cambió como si alguien le hubiera arrancado la máscara. —¿Propietaria única? —preguntó Andrés, con una voz seca que no le conocía. —Exactamente —respondí—. Una casa para mi hija. Un lugar donde nadie pueda decirle que no vale, que no manda o que tiene que pedir permiso para existir. Doña Beatriz soltó una risa falsa. —Qué dramática, Elena. Una mujer casada no necesita refugios. Necesita confianza en su marido. Antes de que yo contestara, Rodolfo, el padre de Andrés, se levantó. Era un hombre callado, siempre escondido detrás de los gritos de su esposa. Caminó hacia Sofía y, con los ojos húmedos, le dijo: —Ojalá alguien le hubiera dado una llave así a mi hija Mariana. El salón volvió a quedarse mudo. Doña Beatriz apretó los dientes. —Rodolfo, no hagas escenas. Pero él ya no obedeció. Contó que Mariana, la hermana mayor de Andrés, había dejado su trabajo porque su esposo y su madre le dijeron que “una mujer decente cuidaba su hogar”. Luego vendió su coche, entregó sus ahorros, firmó papeles que no entendía y terminó viviendo en una casa donde todo estaba a nombre de su marido. Cuando quiso irse, no tenía nada. Sofía miró a Andrés con una duda dolorosa. Él no la abrazó. No la tranquilizó. Solo me miró a mí con rabia. La boda terminó con música, pastel y sonrisas fingidas. Pero yo supe que esa noche algo se había roto. La luna de miel en Puerto Vallarta duró 6 días. Al tercero, Sofía me llamó encerrada en el baño del hotel. —Mamá, Andrés está enojado por la casa. Dice que lo hice quedar como un aprovechado. —¿Y tú qué sientes? Del otro lado hubo silencio. —Siento miedo. Al regresar, Andrés cambió. Primero le pidió que dejara de ver tanto a sus amigas. Después criticó su ropa. Luego empezó a decirle que su trabajo como diseñadora no era necesario, que él podía mantenerla, que una esposa embarazada debía estar tranquila en casa. Sí, embarazada. Sofía me lo contó una tarde en una cafetería de Chapultepec, con la mano en el vientre y los ojos perdidos. —Andrés dice que debemos vender la casa de Zapopan para comprar algo más grande, pero a nombre de los 2. Sentí que el aire se me fue. —¿Ya firmaste algo? Ella bajó la mirada. —Me dio unos papeles. Dijo que eran para revisar opciones. La llevé ese mismo día con el licenciado Ortega. El abogado revisó cada hoja y frunció el ceño. —Esto no vende la casa todavía, pero autoriza trámites peligrosos. Menos mal que no firmó todo. Sofía empezó a llorar. Entonces el abogado dijo algo que nos heló. —Ayer llamó su esposo. Preguntó si existía alguna forma de quitarle a Sofía la propiedad sin que ella pudiera arrepentirse. Y escuché una voz de mujer dándole instrucciones. No hacía falta preguntar quién era. Esa noche, a las 12:17, mi hija me llamó sollozando. —Mamá… Andrés encontró la tarjeta del abogado… dijo que mañana vendrá con su madre y que si no firmo, me va a quitar a mi bebé.
PARTE 3     Para obtener más información,continúa en la página siguiente