Parte 2 La música bajó. Los cubiertos dejaron de sonar.

Salazar, invitado de honor, se puso de pie casi por reflejo. Un senador al fondo me observó con una mezcla de sorpresa y cálculo político. —¡Eso es imposible! —tosió mi padre, atragantado—. ¡Él era un simple recluta! ¡Un don nadie! El juez habló lo bastante fuerte para que media sala lo oyera. —Comanda una región militar, Roberto. ¿Tienes idea de lo que significa eso? Solté la manija de la puerta. No podía irme después de un saludo así. Enderecé la espalda, dejé caer años de silencio y devolví el saludo con la exactitud que se gana a base de disciplina, guerra y mando real. El aire pareció cambiar alrededor de mí. Ya no era el invitado incómodo ni la sombra detrás de una columna. —Continúe —dije con calma. Pero mi voz cruzó el salón como un trueno. Mi padre se puso de pie con las piernas temblando. —¡Tomás! ¡Ven aquí y explica esto! Lo miré a la distancia. Entre nosotros no había mesas; había diecisiete años de desprecio. Empecé a caminar hacia el centro del salón mientras los invitados abrían paso. Mi tía Linda ya no sonreía. Miguel estaba inmóvil, con los ojos llenos de lágrimas. Sofía no bajaba la mirada. Y entonces supe que la verdad aún no había terminado de caerles encima. Lo peor para ellos estaba a sólo unas palabras de distancia.