Parte 2 La música bajó. Los cubiertos dejaron de sonar.

PARTE 2

La música bajó. Los cubiertos dejaron de sonar. Sofía tomó el micrófono con la serenidad de alguien que no iba a improvisar nada. —Gracias por estar aquí esta noche —empezó, con la voz firme—. Gracias a mis padres por acompañarme, y a la familia Dávila por recibirme. Mi padre levantó la copa de whisky de inmediato, como si ya estuviera saboreando el aplauso. Incluso alcanzó a decirle a una mesa cercana: —Este lugar lo conseguí yo. Moví influencias para que la boda saliera perfecta. Mentía. También el salón, las flores, la cena, la orquesta y hasta el anticipo del vestido habían sido cubiertos por una cuenta que él no sabía de quién era. Sofía siguió hablando, pero su tono cambió. —Las bodas están llenas de apariencias. Todos sonríen, todos brindan, todos actúan como si aquí no hubiera secretos, deudas ni méritos robados. El salón se congeló. Mi padre bajó la copa despacio. —Yo vengo de una familia con tradición militar —continuó ella—. Mi abuelo siempre me decía que hay pecados que un uniforme jamás perdona. Uno de ellos es atribuirse el sacrificio de otro. Otro, humillar a quien ha servido con honor sólo porque no encaja en la idea de éxito de los cobardes. Noté que varias cabezas se giraban. Algunas personas ya intuían hacia dónde iba. Yo, en cambio, sólo quería salir de ahí antes de que la noche terminara peor. Me moví hacia la puerta. Sofía me vio. —No se vaya, por favor —dijo, alzando la voz sin perder la compostura. Trescientas personas voltearon al mismo tiempo. Todas las miradas cayeron sobre mí, el hombre de traje gris junto a la salida. —Sofía, ¿qué estás haciendo? —soltó mi padre, medio incorporándose—. Es sólo Tomás. Déjalo. Ella ni siquiera lo miró. Dejó el micrófono en el pedestal, dio dos pasos al frente y se cuadró con una precisión que no le había visto a ningún civil. Espalda recta. Mentón alto. Mano derecha a la sien. Me estaba saludando militarmente. El silencio fue brutal. —Les pido que levanten sus copas —declaró con voz clara— por el hombre que pagó esta boda cuando otros querían colgarse la medalla. Por el hombre que rescató la casa de la familia Dávila cuando estaba a días del embargo. Por el hombre que salió de este pueblo siendo despreciado y regresó con el rango más alto que cualquiera aquí ha tenido el honor de alcanzar. Mi padre dejó caer un poco de whisky sobre el mantel. Sofía sostuvo el saludo y pronunció mi nombre como si cada sílaba fuera una sentencia: —General de División Tomás Dávila. La reacción fue inmediata. Un murmullo pesado se convirtió en una ola de jadeos y susurros. El juez

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