Hace veinte años, cuando era un joven obstetra, durante una tormenta torrencial, encontré a un bebé recién nacido en una cesta abandonada en el umbral de mi casa. Al lado de la pequeña criatura había una nota sencilla que la llamaba Isabelle, junto con una súplica desesperada para que la cuidaran. Impulsado por un instinto inmediato y profundo de protección, decidí acogerla y, con el tiempo, adoptarla, criándola como padre soltero. Nuestra vida se convirtió en una relación devota de hitos compartidos, en la que cambié expedientes médicos por cuentos antes de dormir y lecciones de trenzas, construyendo un mundo que, a pesar del misterio de sus orígenes, se sentía completo.
Cuando Isabelle llegó a la edad adulta, finalmente me permití buscar la felicidad personal y comencé a salir con una mujer llamada Kara. Nuestra relación floreció durante seis meses antes de que me sintiera preparado para presentarla a mi hija, precisamente en la casa donde la vida de Isabelle conmigo había comenzado. Sin embargo, en el instante en que entramos en la entrada, Kara quedó paralizada por un shock abrumador. Reconoció los escalones pintados de azul y la abolladura en la puerta, y finalmente confesó entre sollozos intensos que ella era la adolescente de diecinueve años que había dejado aquella cesta en el porche dos décadas atrás.
