Elementos de la Fiscalía General de la República no irrumpen haciendo ruido ni buscando aplausos. No necesitan espectáculo. Su sola presencia basta. Caminan con esa lentitud precisa de quien no improvisa, de quien llega cuando todo ya está dicho, probado, cerrado.
No venían a investigar.
Venían a concluir.
Alejandro siguió la dirección de mi mirada. Lo observé con detenimiento, sin parpadear, esperando. Y entonces ocurrió: ese instante mínimo, casi imperceptible para cualquiera más, en el que la certeza le cayó encima como una losa. Lo entendió todo.
Ese segundo valió más que cualquier venganza cuidadosamente planeada.