Pero lo que vi fue otra cosa.
Lina no estaba dormida.
No estaba revisando joyas. No estaba hablando por teléfono ni viendo televisión escondida en la oscuridad.
Estaba sentada en el suelo de la habitación de los gemelos, con las piernas cruzadas y Mateo recostado sobre sus muslos, apenas inclinado hacia un lado. Samuel dormía tranquilo en la cuna de al lado. La luz del monitor nocturno pintaba todo de azul pálido. Lina tenía un cronómetro en una mano y una libreta en la otra. Cada pocos segundos observaba los ojos de Mateo, le tocaba suavemente la mejilla, luego el esternón, después la planta del pie. El niño lanzó uno de esos llantos agudos que me partían la cabeza. Ella no entró en pánico. Le habló bajito.
—Aquí estoy, mi amor. Ya pasó. Respira conmigo, chiquito. Uno… dos… eso es…
Entonces ocurrió algo que me dejó helado.
Mateo arqueó la espalda, abrió la boca como si le faltara aire y sus ojos se desviaron hacia arriba. Lina giró el cronómetro, anotó algo y lo colocó de lado con una precisión que no parecía improvisada. Después metió dos dedos dentro de un pequeño estuche junto a la cuna, sacó un gotero y le dio al niño unas gotas transparentes.
Yo me enderecé de golpe en la cama.
¿Qué demonios le estaba dando?
Abrí otra cámara. Luego otra. En la cocina, minutos antes, la había visto hervir agua, desinfectar el gotero y revisar una hoja doblada con anotaciones. En la cámara del pasillo, Clara pasaba frente a la puerta de la nursery y se detenía a escuchar. En la cámara del cuarto de invitados, Clara se servía vino a las dos y media de la mañana mientras hablaba por teléfono.
Subí el volumen.
—Te digo que algo no está bien —murmuró Clara, dando la espalda a la cámara—. La niñera sigue con esas rarezas. Lo toca, le da cosas, escribe tonterías… No, Damián no se entera de nada. Está enterrado en la oficina. Sí, el doctor Vela vendrá mañana. Quiero que vea el comportamiento de esa muchacha antes de que convenza a mi cuñado de algo.
Volví a la habitación de los niños.
Mateo ya respiraba mejor. Lina lo mecía muy despacio, sin dormirse, sin mirar el teléfono, sin distraerse un segundo. Luego hizo algo todavía más extraño: sacó de debajo del sillón una carpeta gris, la abrió y comparó sus anotaciones con una hoja que reconocí aunque tardé unos segundos en entender por qué.
Era la letra de Aurelia.
Se me helaron las manos.
Amplié la imagen hasta donde el sistema lo permitía. Sí. No había duda. Esa inclinación limpia de las letras, esa forma de abrir las aes y de cerrar las eses. Aurelia.
Lina pasó el dedo por un párrafo subrayado y lo leí a medias desde la pantalla:
“Si Mateo vuelve a tensarse después de las visitas de Clara o tras la medicación del doctor Vela, suspender la toma y registrar duración. No es cólico.”
Sentí que el corazón me subía a la garganta.
No sé cuánto tiempo me quedé sentado, con la tableta en la mano y el mundo deshaciéndose en silencio a mi alrededor. Mi esposa muerta. Mi hijo enfermo. Mi cuñada insistiendo en la tutela. Un médico de confianza minimizando todo. Y en medio de esa casa de cristal, la mujer a la que yo había espiado como a una intrusa sostenía una verdad que nadie me había mostrado.
No esperé al amanecer.
Bajé descalzo, atravesé el pasillo y entré a la habitación de los gemelos tan rápido que Lina se puso de pie de inmediato, Mateo en brazos.
—Señor Blackwood…
—¿Qué le estás dando?
Mi voz salió rota, demasiado alta. Samuel se movió en la cuna. Mateo volvió a quejarse.
Lina no retrocedió.
—Magnesio oral diluido. Lo indicó la doctora Olivia Chen, neonatóloga. En dosis mínimas. Para reducir la respuesta neuromuscular cuando vienen los espasmos.
—¿Qué doctora? El especialista de Mateo es Adrián Vela.
Algo duro cruzó por su cara. No insolencia. Cansancio.
—Con respeto, señor, el doctor Vela no está viendo a su hijo. Está tapándolo.
La frase me cruzó como un cuchillo.
—Explícate. Ahora.
Lina respiró hondo. Luego dejó a Mateo en la cuna, sobre un rollo de manta, de lado, como la había visto hacer en cámara. Me tendió la carpeta gris.
—Su esposa sabía que algo no cuadraba antes de morir. Lo escribió todo. Lo escondió entre partituras en la sala de música. Yo lo encontré hace dos semanas, cuando fui a limpiar el polvo del chelo.
Abrí la carpeta con dedos torpes.
Adentro había páginas arrancadas de una libreta, resultados de laboratorio, horarios de alimentación y varias notas fechadas cuatro días antes de la muerte de Aurelia. Una frase me hizo dejar de respirar.
“Clara insiste demasiado en quedarse sola con los niños. Adrián me dice que estoy ansiosa por el posparto. No confío en ninguno de los dos.”
Levanté la vista hacia Lina.
—¿Cómo encontraste esto?
—No lo estaba buscando. Se cayó dentro del estuche del chelo. Señor… yo no quería meterme. Pero Mateo no tenía cólicos. Tenía episodios neurológicos y siempre empeoraban después de dos cosas: las visitas de su cuñada y las gotas recetadas por Vela.
—Eso es imposible.
—No lo es.
Sacó otra libreta, esta vez suya, llena de tablas, horas y observaciones.
—Empecé a anotar por instinto. Mire esto. Los días que Clara vino sola, Mateo tuvo espasmos más largos. Los días que usted estuvo en casa y yo evitaba que lo tocaran o no le daba las “gotas para el cólico”, durmió mejor. Se lo dije dos veces y usted pensó que estaba cuestionando a un especialista.
No podía ni defenderme. Era verdad.
—¿Y la doctora Chen?
—Fue mi profesora en una rotación corta de enfermería. Le enseñé videos de las cámaras internas de la nursery… los míos, no estos. Me dijo que eso no parecía cólico. Que podría ser una reacción provocada por sedantes o un cuadro neurológico mal evaluado. Me pidió que no suspendiera todo sin vigilancia, por eso no me he atrevido a hacer cambios bruscos. Solo observación, postura y apoyo.
La puerta se abrió de golpe.
Clara.