PERO MI SUEGRA DIJO QUE TODO OLÍA MAL, QUE VENÍAN SUCIOS Y NO LOS DEJÓ ENTRAR A LA CASA. YO NO DIJE NADA EN ESE MOMENTO… PERO EN SILENCIO HICE ALGO QUE LE SACUDIÓ EL MUNDO.
Me casé y me fui lejos de mi gente. Ahora vivo en un fraccionamiento de clase media al sur de la Ciudad de México, a varias horas de la pequeña comunidad en Puebla donde crecí.
Mis padres ya son mayores.
Toda su vida se la pasaron entre la milpa, el corral y la tierra que nos dio de comer cuando no había nada más. Casi nunca salen del pueblo. Me aman con todo el alma, pero rara vez vienen a visitarme… siempre con el miedo de estorbarle a la familia de mi esposo.
Pero aquel día…
se animaron.
Salieron desde la madrugada. Primero tomaron una combi hasta la carretera, luego un autobús hacia la ciudad. Traían de todo: un pollo de rancho recién preparado, manojos de quelites, calabacitas, unas bolsas de jitomate, varios mangos maduros y comida hecha por mi mamá con las manos que me criaron.
Todavía me llamó desde la terminal.
—Hija, ya llegamos… no te pongas a cocinar, te trajimos cositas para el niño.
Su voz venía llena de ilusión.
Y yo…
yo me puse feliz.
Pero también sentí miedo.
Porque yo sabía muy bien que en la casa de mi suegra nunca había sido fácil respirar.
Y no me equivoqué.
Apenas mis padres llegaron a la reja, antes siquiera de tocar el timbre…
salió mi suegra, Carmen.
Los miró de arriba abajo.