…pero Rhea no respondió de inmediato.

—¿Pesadillas? —preguntó una voz baja.

Miró hacia el pasillo. Era la mujer plateada de la fila 2, la que había hablado a su favor antes. Se había girado un poco y le ofrecía una mirada limpia, sin morbo.

Rhea tardó un instante en responder.

—Algo así.

La mujer asintió.

—Mi hijo volvió distinto de Fallujah. No hablaba casi nunca. Pero siempre despertaba así.

No era invasiva. No insistía. Solo dejaba la frase ahí, como quien acerca una manta a alguien sin tocarlo.

Rhea le sostuvo la mirada.

—Lo siento.

La mujer sonrió con una tristeza serena.

—Yo también.

Y se giró otra vez. Eso fue todo. Una conversación mínima, suficiente, humana. Le afectó más de lo que le gustó admitir.

Un rato después, el auxiliar de vuelo volvió. No el principal, sino el joven que la había movido. Llevaba una bandeja pequeña.

—Le trajimos café fresco —dijo—. Y la comida caliente antes que al resto, si le parece bien. También… bueno, el capitán pidió que supiéramos si necesitaba apoyo médico para la espalda durante el aterrizaje.

—¿Pesadillas? —preguntó una voz baja.

Miró hacia el pasillo. Era la mujer plateada de la fila 2, la que había hablado a su favor antes. Se había girado un poco y le ofrecía una mirada limpia, sin morbo.

Rhea tardó un instante en responder.

—Algo así.

La mujer asintió.

—Mi hijo volvió distinto de Fallujah. No hablaba casi nunca. Pero siempre despertaba así.

No era invasiva. No insistía. Solo dejaba la frase ahí, como quien acerca una manta a alguien sin tocarlo.

Rhea le sostuvo la mirada.

—Lo siento.

La mujer sonrió con una tristeza serena.

—Yo también.

Y se giró otra vez. Eso fue todo. Una conversación mínima, suficiente, humana. Le afectó más de lo que le gustó admitir.

Un rato después, el auxiliar de vuelo volvió. No el principal, sino el joven que la había movido. Llevaba una bandeja pequeña.

—Le trajimos café fresco —dijo—. Y la comida caliente antes que al resto, si le parece bien. También… bueno, el capitán pidió que supiéramos si necesitaba apoyo médico para la espalda durante el aterrizaje.

Rhea lo observó unos segundos. El chico no tendría más de veinticinco. Seguía incómodo, pero ahora había algo mejor que la culpa en su cara: aprendizaje.

—Gracias —dijo ella—. El café está bien. Lo demás lo manejo yo.

Él asintió.

—Y… lo siento otra vez. Me equivoqué.

Rhea aceptó la taza.

—Sí. Pero ya entendió por qué.

Él tragó saliva.

—Sí, ma’am.

No volvió a llamarla ma’am después de eso, quizá porque entendió que el respeto no está en el título, sino en el acto.

El resto del vuelo transcurrió con una calma tensa, como la calma que queda después de una pequeña explosión en un cuarto cerrado. Los pasajeros evitaban mirarla demasiado, pero a la vez no podían dejar de incluirla en su conciencia. Rhea sentía ese cambio igual que se siente el peso extra de una placa en el chaleco: no es insoportable, pero no te deja olvidar que está ahí.

A mitad del trayecto, la mujer de 3B pidió un whisky doble.

Luego otro.

A la tercera ronda, habló sin mirarla otra vez.