“Puso cámaras ocultas para vigilar a la niñera de sus trillizos enfermos, pero lo que descubrió a las 3 AM lo hizo caer de rodillas.”

Sin embargo, su lado desconfiado ganó. Esa misma tarde, escondió cámaras en cada rincón del cuarto de juegos. Quería ver quién era realmente esa mujer cuando nadie la observaba. Quería saber si los maltrataría o si los ignoraría como las demás.

Durante los primeros 4 días, todo fue normal. Pero la madrugada del quinto día, exactamente a las 3:15 AM, el teléfono de Mateo emitió 1 alerta de movimiento.

Incapaz de dormir, abrió la aplicación de seguridad. La pantalla en blanco y negro le mostró 1 escena que lo dejó paralizado. Elena no estaba durmiendo en su catre. Estaba sentada en el suelo, rodeada por los 3 niños. Se aseguró de mirar hacia la puerta, como si verificara que nadie pudiera descubrirla. Luego, con movimientos rápidos y nerviosos, sacó de su mochila 1 extraño dispositivo metálico lleno de cables y 1 luz roja que parpadeaba incesantemente.

Elena se arrastró por el suelo hasta la cuna de Santi. Colocó el aparato directamente debajo del colchón del niño, conectó 2 cables diminutos cerca de la cabecera, y con la voz temblorosa, le susurró a la oscuridad:
—Por favor… que esto funcione… antes de que el señor Garza me descubra y me mande a la cárcel.

A Mateo se le heló la sangre en las venas. Su corazón comenzó a latir a mil por hora. No tenía idea de quién era realmente esa mujer, ni qué demonios le estaba haciendo a su hijo en medio de la noche. Agarró 1 bate de béisbol de su armario y corrió hacia la habitación. No podía creer lo que estaba a punto de pasar.

PARTE 2

Los pasos de Mateo resonaron como truenos por el largo pasillo de mármol. Empujó la pesada puerta de madera de la habitación de los niños con tanta fuerza que golpeó contra la pared.

—¡Aléjate de mi hijo ahora mismo! —rugió Mateo, encendiendo las luces de golpe.

Elena soltó 1 grito ahogado y saltó hacia atrás, tropezando con 1 caja de juguetes. Su rostro se volvió completamente pálido. Los 3 pequeños, asustados por el ruido repentino, comenzaron a llorar al unísono.

El escándalo fue tan grande que, en menos de 2 minutos, la puerta volvió a abrirse. Era Doña Leticia, quien se había quedado a dormir esa noche en la mansión tras 1 cena familiar. Llevaba 1 bata de seda y 1 expresión de triunfo absoluto en el rostro.
—¡Te lo dije, Mateo! —chilló la mujer, señalando a Elena con un dedo acusador—. ¡Te dije que esta muerta de hambre venida de quién sabe qué rancho iba a lastimar a los niños! ¡Llama a la policía! ¡Que la encierren y manda a estos niños a Houston de 1 maldita vez!