La primera noche que Mateo Garza instaló las 8 cámaras de seguridad ocultas en su gigantesca mansión en San Pedro Garza García, se convenció de que era una simple medida de precaución. A sus 34 años, Mateo era el magnate de bienes raíces y tecnología más temido e influyente de todo Monterrey. Era 1 hombre acostumbrado a tener el control absoluto de todo a su alrededor: las fluctuaciones del mercado, los contratos millonarios, los riesgos corporativos. Pero en esta ocasión, lo que intentaba proteger desesperadamente no tenía absolutamente nada que ver con sus cuentas bancarias.
Eran sus 3 hijos. Sus trillizos. Leo, Santi y Diego.
Los 3 pequeños habían nacido prematuros tras 1 embarazo sumamente complicado, 1 tragedia médica que no solo le había costado la salud a los niños, sino que le había arrebatado la vida a su amada esposa, Sofía. Desde ese fatídico día, la inmensa casa de Mateo había quedado sumergida en 1 silencio abrumador y doloroso. Los mejores especialistas de México y Estados Unidos fueron brutalmente honestos con él: los niños padecían 1 condición neurológica degenerativa extremadamente rara. Le advirtieron que tal vez nunca lograrían caminar, que quizás jamás pronunciarían 1 sola palabra.
Ya tenían 2 años de edad. Y, tal como predijeron los médicos, aún no podían sentarse por sí mismos. No balbuceaban. Apenas mostraban reacciones ante los estímulos del mundo exterior.
El ambiente en la familia Garza era tóxico. La suegra de Mateo, Doña Leticia, 1 mujer de la alta sociedad regiomontana a la que solo le importaban las apariencias, no paraba de presionar.
—Mateo, por el amor de Dios —le había gritado 1 tarde en la sala principal—. Esos niños son 1 carga. Envíalos a esa clínica especializada en Houston. Allá los cuidarán a puerta cerrada. No puedes tenerlos aquí, arruinando tu vida. ¡No tienen futuro!
Mateo la había corrido de la casa ese día, pero en el fondo, el agotamiento lo estaba consumiendo. Docenas de enfermeras y cuidadoras habían pasado por esa casa. Algunas se iban a los 3 días porque no soportaban la presión. Otras simplemente los miraban con 1 lástima que a Mateo le revolvía el estómago.
Por eso, cuando la agencia le envió a 1 joven llamada Elena, Mateo tomó medidas extremas. Elena llegó 1 lunes por la mañana bajo 1 lluvia torrencial. Tenía 22 años. Llevaba unos zapatos deportivos muy gastados, 1 uniforme sencillo y el rostro libre de maquillaje. A diferencia de las demás, no se quedó boquiabierta viendo los candelabros de cristal ni preguntó por el sueldo en los primeros 5 minutos. Cuando Mateo la llevó a la habitación, Elena ignoró al millonario y se arrodilló de inmediato en el suelo para quedar a la misma altura de los 3 niños. Les dedicó 1 sonrisa tan cálida y sincera que Mateo sintió 1 nudo en la garganta.