PARTE 2
Doña Elena pasó la noche en un hotel sencillo cerca del malecón, en una habitación con cortinas viejas y olor a humedad. No durmió. Se quedó sentada junto a la ventana, viendo las luces de los barcos y recordando cada puntada que la había llevado hasta esa casa.
No fue un regalo. No fue herencia. Cuando murió su esposo, don Ricardo, ella quedó con una pensión pequeña y una tristeza enorme. Para no hundirse, volvió a coser. Arregló vestidos de quinceañera, uniformes escolares, trajes de novia, pantalones de oficina. Cobraba poco, pero guardaba cada peso en una caja de galletas que llamaba “mi airecito”.
Con ese dinero compró una casa vieja junto al mar. La pintó ella misma. Cambió cortinas, lijó puertas, sembró bugambilias. No era lujosa, pero era suya. Su refugio.
A la mañana siguiente regresó temprano. No quería pelea. Quería entrar, sacar sus cosas importantes y llamar a Julián. Pero cuando metió la llave en la cerradura, no giró.
Habían cambiado la chapa.
Elena se quedó inmóvil. Eso ya no era una confusión familiar. Eso era otra cosa.
Rodeó la casa por el pasillo lateral y llegó a la puerta de servicio, una vieja puerta que siempre se atoraba. Probó la segunda llave, sin esperanza. La cerradura cedió.
Entró en silencio.
Desde la cocina escuchó la voz de Paola hablando con su madre.
—Te digo que ya casi queda —decía Paola—. Julián está preparando los papeles para demostrar que doña Elena ya no puede manejar sus bienes.
—¿Y con qué prueba? —preguntó la madre.
—Con lo de la estufa. ¿Te acuerdas? El año pasado se le olvidó apagar un quemador. Julián va a decir que eso muestra deterioro mental. Después pedimos que él administre la casa y la vendemos antes de Semana Santa. En Mazatlán todo sube antes de vacaciones.
Elena sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Y ella? —preguntó la madre.
Paola rió bajito.
—Hay una residencia en las afueras de Guadalajara. Muy tranquila. Con su maquinita de coser se entretiene.
Elena se sostuvo del marco de la puerta. No solo la habían sacado de su casa. Querían declararla incapaz, vender su refugio y encerrarla como si fuera un estorbo.
Pero entonces escuchó algo peor.
—Tu primo ya ayudó con la firma, ¿no? —preguntó la madre.
—Sí —respondió Paola—. Como notario no debe meterse en problemas. Julián ya tiene el documento donde supuestamente ella cede la propiedad. Solo falta que nadie sospeche antes del lunes.
Elena salió por donde entró, sin hacer ruido. Por primera vez en años no se sintió débil. Se sintió despierta.
Fue directo al despacho de la licenciada Carmen Robles, una abogada a quien una vez le había salvado el vestido de novia de su hija una noche antes de la boda.
—Licenciada —dijo Elena, sentándose muy derecha—. Hoy no vengo a pedir un favor. Vengo a defender lo único que me queda.
Y cuando Carmen revisó los documentos, su rostro se endureció.
—Doña Elena —dijo—, esto no es solo abuso. Esto es fraude.
La carpeta que puso sobre la mesa contenía una verdad que podía destruir a Julián… pero todavía faltaba enfrentarlo cara a cara.