PARTE 2
La pantalla parpadeó y apareció la confirmación: “Su cancelación ha sido procesada. El reembolso será revisado en las próximas horas.”
Sentí una paz tan profunda que casi me dio miedo.
Pero no me detuve.
Abrí la app del banco y cancelé las tarjetas adicionales de Diego. Después bloqueé su acceso a la cuenta compartida, una cuenta que él presumía como “nuestro patrimonio”, aunque casi todo entraba de mis dividendos.
Luego abrí una carpeta segura en la nube llamada “Seguro de vida”. No era un seguro real. Era mi colección de pruebas.
Ahí estaban los estados de cuenta que mi contador había encontrado: depósitos enormes de Diego a una cuenta a nombre de Fernanda Ruiz. También pagos de una renta en la colonia Roma Norte, joyería, bolsas de diseñador y cenas en restaurantes donde él me decía que iba a reuniones con clientes.
Dieciocho meses de mentiras.
Cuando levanté la vista, el encargado de la agencia se acercaba al grupo con una tablet en la mano.
“Señor Salazar, lamento informarle que acabamos de recibir una cancelación total de la reservación.”
Diego se quitó los lentes.
“Eso es imposible. Mi esposa acaba de hacer el check-in.”
“El titular principal canceló todo. El hidroavión no saldrá hoy.”
Doña Teresa se puso pálida.
“Diego, paga tú y ya. Mariana solo quiere llamar la atención.”
Diego sacó su tarjeta platino con un gesto teatral y se la entregó al encargado.
El hombre la pasó una vez. Luego otra.
“Lo siento, señor. La tarjeta fue rechazada.”
Fernanda soltó su brazo de inmediato.
“¿Rechazada? Diego, ¿qué está pasando?”
Él me buscó con la mirada, rojo de furia.
“Mariana, no hagas una escena frente a mi familia.”
Yo ya estaba junto a mi camioneta negra, con la puerta abierta.
“No, Diego. Ustedes hicieron la escena. Yo solo apagué las luces.”
Mi chofer arrancó, y mientras el muelle se alejaba, mi celular vibró. Era un mensaje del investigador privado que había contratado tres meses antes.
“Tengo las fotos de Diego y Fernanda entrando juntos al hotel boutique de Puebla. Pero hay algo peor.”
Abrí el archivo adjunto.
Lo primero fueron fotos. Diego besándola en el lobby, Diego subiendo con ella al elevador, Diego firmando documentos en una notaría.
Luego vi los papeles.
Había intentado transferir un local comercial de mi empresa a una sociedad donde Fernanda aparecía como beneficiaria. Usó sellos internos, firmas alteradas y documentos que solo alguien con acceso a mi casa pudo haber fotografiado.
La infidelidad ya no era el problema.
Era fraude.
Cuando llegué a nuestra casa en Lomas de Angelópolis, no entré llorando. Entré como la dueña legal de la propiedad, porque esa casa estaba a nombre de una sociedad que yo había creado antes de casarme.
Me cambié el vestido de lino por un traje blanco, llamé a mi abogado y pedí seguridad privada en la entrada.
Después le pedí al personal que empacara todas las cosas de Diego en cajas de cartón y las dejara junto al portón.
Dos horas más tarde apareció en un taxi, sudado, despeinado, con la camisa arrugada. Sus papás venían detrás en otro coche.
Fernanda no estaba.
Diego golpeó el portón.
“¡Ábreme, Mariana! ¡Esta también es mi casa!”
Caminé hacia él con una carpeta negra en las manos.
“No, Diego. Nunca lo fue.”
Y justo cuando su madre abrió la boca para insultarme, dejé caer la carpeta al suelo.
Las fotos, los estados de cuenta y los documentos falsificados se esparcieron frente a todos.
Pero todavía faltaba la prueba que lo iba a hundir por completo…