PARTE 1
“Vas a cocinar y limpiar mientras nosotros disfrutamos la playa, Mariana, porque para eso se casa uno con una mujer.”
Diego lo dijo como si estuviera pidiendo un vaso de agua, parado en el muelle privado de Cancún, frente a su mamá, su papá, su exnovia y el encargado del hidroavión que debía llevarnos a la isla que yo había reservado para nuestro aniversario.
Yo me quedé quieta, con los lentes de sol apretados entre los dedos, sintiendo cómo se me helaba la sangre.
Habíamos cumplido cinco años de casados. Cinco años en los que Diego presumía relojes caros, trajes hechos a la medida, cenas en Polanco, camionetas de lujo y viajes de fin de semana como si fuera un empresario imparable. Su familia lo trataba como si fuera un rey.
La verdad era otra.
La empresa de ciberseguridad que pagaba todo eso era mía. Yo la había levantado desde un departamento chiquito en la Narvarte, durmiendo tres horas por noche, comiendo sopa instantánea y soportando que medio mundo me dijera que una mujer no podía dirigir una compañía de ese tamaño.
Diego era gerente medio en una empresa de logística, y su sueldo no alcanzaba ni para pagar el seguro de la camioneta que manejaba.
Aun así, yo todavía quería salvar mi matrimonio.
Por eso había reservado una semana completa en una isla privada frente a Quintana Roo: villa con chef, personal, playa exclusiva, barra premium y excursiones privadas. Casi tres millones de pesos pagados desde mi cuenta personal.
La noche anterior le entregué el itinerario en un sobre negro con letras doradas.
“Es solo para nosotros dos, Diego. Sin juntas, sin llamadas, sin distracciones.”
Él apenas levantó la vista del celular.
“Espero que haya buen internet, porque no puedo desaparecer solo porque a ti te dio culpa trabajar tanto”, respondió.
Me dolió, pero me tragué el orgullo.
A la mañana siguiente llegué treinta minutos tarde al muelle por una emergencia en la oficina. Pensé que Diego estaría molesto, quizá solo. Pero lo encontré con su mamá, Doña Teresa, su papá, Don Arturo, y Fernanda, su exnovia de la universidad.
Fernanda llevaba un vestido blanco de lino, como si ella fuera la festejada. Tenía la mano sobre el brazo de Diego, con una confianza que me revolvió el estómago.
Doña Teresa me miró de arriba abajo.
“Por fin llegas”, dijo Diego. “Invité a mis papás y a Fernanda. La pobre ha pasado momentos difíciles.”
“¿Invitaste a tu ex a nuestro viaje de aniversario sin preguntarme?”, murmuré.
Él puso los ojos en blanco.
“No empieces con tu drama de directora general. Tú puedes encargarte de la comida y de que la villa esté presentable mientras nosotros descansamos. Te hará bien usar las manos para algo útil.”
Entonces Doña Teresa sonrió con desprecio.
“Es lo mínimo que puedes hacer, Mariana, considerando que vives del dinero y el apellido de mi hijo.”
Miré a Diego esperando que corrigiera esa mentira.
No lo hizo.
Al contrario, sonrió.
En ese instante algo dentro de mí se rompió, pero no hizo ruido. Solo sonreí, saqué mi celular y abrí la aplicación de la agencia de viajes. Ahí estaba todo: isla, villa, hidroavión, chef, bebidas, paseos privados.
Todo pagado por mí.
Diego gritó desde el muelle:
“Deja de jugar con el teléfono y dile al piloto que ya nos vamos.”
Mi dedo quedó sobre el botón rojo que decía: CANCELAR RESERVACIÓN COMPLETA.
Y entonces entendí que mi matrimonio no necesitaba salvarse.
Necesitaba terminarse.
Presioné el botón.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…