PARTE 2
La casa olía a humedad, aceite quemado y rencor viejo.
Sofía estaba sentada en el piso, abrazando una muñeca sin cabeza. Cuando me acerqué para tocarle el cabello, no corrió a mis brazos. Se echó hacia atrás, como hacen los niños que ya aprendieron demasiado pronto que los adultos pueden doler.
Eso me bastó para odiarlos a todos.
—Mira nada más quién se dignó a volver —escupió doña Ofelia desde la cocina, con su bata floreada y esa cara de desprecio que parecía tallada en piedra—. Seguro fuiste a llorarle a tu hermana la loca.
No respondí. Todavía no.
Apareció Brenda detrás de ella, mascando chicle, seguida por su hijo, un chamaco grosero que le arrebató la muñeca a Sofi y la aventó contra la pared. La niña soltó un llanto ahogado. El niño levantó el pie para patearla.
No alcanzó.
Le sujeté el tobillo en el aire.
—Si vuelves a tocarla —le dije, mirando primero al niño y luego a su madre—, te vas a acordar de mí cada vez que intentes dormir.
Brenda se lanzó a darme una cachetada, pero le detuve la muñeca antes de que me rozara.
—Educa a tu hijo —le susurré—, para que no termine siendo otro cobarde como los hombres de esta casa.
Doña Ofelia agarró un palo de escoba y me golpeó dos veces en la espalda. Ni siquiera me moví. Se lo quité de la mano y lo partí frente a ella. El sonido seco hizo que las dos retrocedieran.
—Desde hoy, nadie vuelve a tocar a esa niña —dije—. Ni a mí tampoco.
Aquella noche le di de cenar a Sofía en silencio. Sopa caliente. Tortillas recién calentadas. La tuve sentada en mis piernas hasta que se quedó dormida con la cabeza contra mi pecho. Nunca imaginé que una criatura tan pequeña pudiera pesar tanto en el alma.
Entonces llegó Damián.
Escuché primero la moto, luego el azotón de la puerta, luego su voz arrastrada por el alcohol.
—¿Dónde está mi cena?
Entró oliendo a cerveza, sudor y calle. Me miró raro. No como un hombre que ve a su esposa, sino como uno que detecta que algo en el ambiente dejó de obedecerle.
—¿Y tú qué te traes? —gruñó—. ¿Ya se te olvidó quién manda aquí?
Tomó un vaso y lo estrelló contra la pared. Sofía despertó llorando. Él giró hacia ella con rabia.
—¡Cállala!
Me levanté despacio.
—Es una niña. No vuelvas a hablarle así.
Damián se quedó inmóvil un segundo. Luego alzó la mano para pegarme. Yo se la atrapé en el aire.
Vi el desconcierto exacto en sus ojos. La sorpresa de descubrir que el saco de boxeo de siempre ahora tenía manos.
—Suéltame.
—No.
Le doblé la muñeca hasta hacerlo caer de rodillas. Lo arrastré al baño y le hundí la cara bajo el chorro del lavabo.
—¿Te gusta? —le dije al oído—. Así se sintió mi hermana cuando la encerraste aquí.
Lo solté solo cuando estaba tosiendo, empapado y temblando de rabia.
Pensé que eso bastaría para frenarlo, pero me equivoqué.
A medianoche escuché pasos sigilosos. Abrí apenas los ojos y los vi entrar: Damián, Brenda y doña Ofelia. Traían cuerda, cinta canela y una toalla. Querían amarrarme, sedarme y llamar al hospital para “devolver a la loca a su lugar”.
Esperé a que se acercaran.
Entonces me levanté.
En menos de cinco minutos, Damián estaba atado de pies y manos a su propia cama, Brenda llorando en el piso y doña Ofelia acurrucada en una esquina como rata mojada. Saqué el celular de Lidia y empecé a grabar.
Primero negaron todo. Luego amenacé con llevar a la policía las fotos de Sofía, los golpes, las humillaciones, las fechas.
El primero en quebrarse fue Damián.
Y lo que confesó frente a la cámara no solo hundía a esa familia… también revelaba un secreto de Lidia que podía cambiarlo todo. Después de escuchar aquello, era imposible no esperar la parte 3.