— Sofía, ¿qué significa esa expresión en tu cara? — dijo su esposo mientras ella lavaba los últimos platos después de la fiesta.

«Me pasé. Hablemos. No debería haber dicho todo eso. Vuelve, lo arreglamos. Te prometo que será diferente».

Sofía leyó el mensaje hasta el final. Luego otra vez.

— ¿Es él? — preguntó su madre.

— Sí.

— ¿Y?

Sofía dejó el teléfono sobre la mesa.

— Ya no creo en “será diferente”.

Bebió un sorbo de té.

— ¿Sabes qué es lo más triste? Ni siquiera se trata de los regalos. Ni de las peleas. Se trata de que, estando con él, dejé de ser yo.

En la cocina se hizo el silencio.

— ¿Y ahora? — preguntó su madre.

Sofía levantó la mirada.

— Ahora quiero volver a mí.

Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, Sofía se durmió sin angustia. Sin ese nudo en el pecho, sin lágrimas, sin tensión.

A la mañana siguiente se despertó con la luz entrando por la ventana. La calma le resultaba casi extraña.

Tomó su teléfono y, sin dudarlo, buscó información sobre el divorcio.

Unos días después estaba frente al edificio donde debía presentar los papeles. Sus manos no temblaban. No dudaba.

Miguel ya estaba allí. Parecía cansado.

Sofía… ¿podemos al menos hablar? — dijo.

Ella lo miró con tranquilidad.

— Ya hemos hablado. Muchas veces.

— Puedo cambiar.

— Tal vez — respondió ella suavemente—. Pero no por mí.

Él no supo qué decir.

Sofía entró.

Y mientras firmaba los documentos, sintió algo inesperado — no tristeza, no rabia, sino alivio.

Como si, por fin, pudiera respirar de nuevo.

Al salir, el aire le pareció más ligero.

Y por primera vez en mucho tiempo — sonrió.