Al salir a la calle, el aire fresco de la noche de Ciudad de México le rozó el rostro y la hizo respirar hondo. El taxi de Didi llegó pronto. El conductor la ayudó con las maletas y ella se sentó atrás, mirando por la ventana.
La ciudad seguía igual — luces, gente, coches. Nada se había detenido. Solo su vida acababa de cambiar de rumbo.
El teléfono volvió a vibrar. Miguel llamaba. Una vez. Otra. Y otra más. Sofía no contestó. Sabía perfectamente cómo sería esa conversación: primero reproches, luego excusas, después promesas. Y al final, todo volvería a empezar.
Cuando el taxi se detuvo frente al edificio donde vivía su madre, se quedó unos segundos inmóvil.
— Hemos llegado — dijo el conductor.
— Sí… gracias.
Pagó, bajó y levantó la vista hacia las ventanas conocidas. Una estaba encendida.
Su madre la estaba esperando.
Subió las escaleras despacio, esta vez sin prisa. Cada paso era más ligero que el anterior.
Llamó a la puerta.
Se abrió casi de inmediato.
— Sofía…
No hicieron falta más palabras. Su madre la abrazó fuerte, sin preguntas, sin reproches.
— He venido… — susurró Sofía.
— Lo sé.
Se quedaron así unos instantes, en silencio. Un silencio que curaba más que cualquier explicación.
— Pasa. He preparado té de manzanilla.
Esas palabras simples hicieron más que cualquier consejo. Sofía sintió cómo la tensión de los últimos meses comenzaba a disolverse.
Más tarde, estaban sentadas en la cocina, con las tazas calientes entre las manos.
— ¿Quieres contarme? — preguntó su madre con suavidad.
Sofía negó con la cabeza.
— Ya no hay mucho que contar… Creo que todo estaba claro desde hace tiempo. Solo que no quería verlo.
— Es normal — respondió su madre—. Cuando amas, esperas.
Sofía sonrió con tristeza.
— Él nunca me eligió a mí. Siempre eligió otra cosa. O a otra persona.
Su madre guardó silencio un momento.
— Entonces ahora tú te has elegido a ti.
El teléfono volvió a vibrar. Un mensaje de Miguel.
Esta vez Sofía lo abrió.