— ¡Después de un regalo así deberías alegrarte de que ni siquiera me haya divorciado de ti!
— ¿Quieres divorciarte? — preguntó ella al instante.
— ¡Sí! ¡Estoy harto de todo esto! Siempre tienes algo que reprochar…
— Perfecto. Entonces mañana vamos y presentamos los papeles.
— ¿En serio? ¿Así, sin más? — se quedó atónito Miguel.
— ¿Qué tiene de complicado? Firmamos unos documentos y en un mes todo estará resuelto. No tenemos hijos ni bienes en común.
— ¿Así valoras nuestro matrimonio? Decías que me amabas, que harías cualquier cosa… y en cuanto hay problemas — ¿divorcio? Mi madre tenía razón: no pasaste la prueba.
— ¿Qué prueba? — preguntó Sofía con firmeza. — ¿Y qué tiene que ver tu madre?
— ¡Tiene todo que ver! Ella dijo desde el principio que no me amabas de verdad. Si me amaras, habrías propuesto ir a terapia de pareja. Intentarías entender qué está mal, trabajarías en ti, harías todo para que yo me quedara. Pero tú — enseguida divorcio.
— ¿Sabes qué?… Ahora ya no son solo palabras. Lo voy a hacer de verdad. Mañana presentaré el divorcio. Contigo o sin ti — ya no importa.
Arrojó el trapo al fregadero y se fue a hacer las maletas.
Esa misma noche se iría. Volvería con su madre en Ciudad de México.
Y le diría que tenía razón.
Que su esposo no estaba preparado para una familia. Que todavía vivía según la opinión de su madre.
Que no era un compañero — sino un simple transmisor de ideas ajenas.
Y también le agradecería otra cosa. Que no la presionó, no se metió, no insistió cada día — sino que le dio tiempo para entenderlo todo por sí misma.
Y por aquellas palabras antes de la boda:
«Hija, ya eres una mujer adulta. Vas a construir tu propia vida. Pero recuerda: si algo sale mal — siempre tienes un hogar al que volver».
Eso era exactamente lo que estaba haciendo.
Empaquetaba sus cosas en grandes bolsas de viaje mientras pedía un taxi de Didi en la aplicación.
Y de fondo seguía el interminable monólogo de Miguel, del que solo se podía distinguir claramente una idea:
— ¡Mi madre tenía razón!
Sofía cerró la puerta tras de sí y, por primera vez en meses, sintió que cada paso la acercaba a su propia vida. El taxi esperaba, pero en su pecho no había miedo… solo un vértigo extraño: ¿qué tan lejos estaría dispuesta a llegar para no volver jamás al pasado que Miguel creía controlar?
Parte 2…

La puerta se cerró tras Sofía con un leve clic, y en el rellano solo quedó el eco de sus pasos apresurados. Bajaba las escaleras con firmeza, apretando las asas de las bolsas, como si temiera que, si se detenía aunque fuera un segundo, daría media vuelta.
El teléfono vibró. Miguel.
«¿De verdad te vas? ¿Lo dices en serio?»
Sofía miró la pantalla unos segundos, pero no respondió. Ya no tenía nada más que explicar. Todo había sido dicho, muchas veces. Solo que él nunca quiso escucharlo.