Lupita asintió, como si esa promesa fuera suficiente para sostener el mundo entero.
Caminaron juntos hasta la primaria pública del barrio. Julián le acomodó el suéter, le dio un beso en la frente y la vio entrar. Cuando ella volteó para despedirse, él levantó la mano con fuerza, como si ese gesto pudiera protegerla de todo lo que él no podía controlar.
El mercado aún estaba medio vacío cuando llegó. Bajó del coche, cerró la puerta… y entonces la vio.
Una cartera elegante, de piel café, tirada junto a una línea amarilla del estacionamiento.
La levantó. Pesaba. No solo por el dinero, sino por lo que representaba.
La abrió con cuidado. Billetes ordenados, tarjetas, documentos oficiales… y una fotografía.
Una mujer abrazando a una niña pequeña. Ambas sonreían con una felicidad limpia, auténtica, de esas que no se compran ni se fingen.
Julián se quedó quieto.
Pensó en la renta atrasada. En los zapatos rotos de Lupita. En la inscripción del próximo ciclo escolar. Pensó en lo fácil que sería guardar la cartera y seguir caminando. Nadie lo había visto.
Pero también pensó en las noches explicándole a su hija que hacer lo correcto no siempre trae premios, pero sí tranquilidad. Y ahí estaba la prueba, mirándolo de frente.
Cerró la cartera con firmeza y entró al mercado.
En el módulo de atención, la joven que lo recibió lo miró con desconfianza.
—¿Está seguro de que quiere entregarla? —preguntó.
—Sí —respondió Julián—. Solo quiero que vuelva a manos de su dueña.
La muchacha levantó las cejas, sorprendida.
—Ya casi nadie hace eso.
—Yo quiero que mi hija crea que todavía vale la pena ser honesto —dijo Julián, antes de darse la vuelta.
Ese día trabajó con una sensación extraña en el pecho. No era orgullo. Era algo más silencioso. Como haber cumplido consigo mismo.
Por la tarde recogió a Lupita. Ella le mostró un dibujo donde aparecían los dos tomados de la mano frente a una casa con flores.
—Es nuestro futuro, papá —dijo convencida.
Esa noche, mientras la niña dormía, Julián se sentó en el pequeño balcón. El barrio estaba lleno de ruidos: motos, voces, radios prendidos. Pensó que, al menos por ese día, había hecho algo bien.
A la mañana siguiente, un golpe seco en la puerta lo sobresaltó.
Un mensajero le entregó un sobre oficial.
TRIBUNAL SUPERIOR DE JUSTICIA DEL ESTADO DE PUEBLA
El estómago de Julián se cerró.
Lo abrió con manos temblorosas. Era una citación judicial. Tenía que presentarse al día siguiente.
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