Sonreí mientras Víctor lo tomaba todo: la casa, los coches, el dinero, incluso mi silencio. Su amante se reía. Me incliné hacia él. —Gracias. —Él frunció el ceño. —¿Por qué? —Miré las cámaras. —Por quedarte con todo lo que estaba envenenado. —A medianoche, su imperio empezó a arder.

**Mi esposo salió del juzgado con las manos en los bolsillos, sonriendo como si acabara de conquistar el mundo. Yo lo seguí con nada más que una vieja bolsa de cuero, un vestido negro y una sonrisa que la gente suele confundir con derrota.