Durante 7 largos años, Clara Garza había sido el pilar invisible y silencioso en la vida de Mateo. Mientras él estudiaba día y noche para sus difíciles exámenes y escalaba posiciones de manera agresiva en el despiadado mundo corporativo, ella mantenía el pequeño hogar a flote. Clara había aceptado 2 trabajos de medio tiempo en la inmensa Ciudad de México: se levantaba de madrugada para vender tamales afuera de una estación del metro y, por las noches, limpiaba pisos en edificios de oficinas. Dormía apenas 4 horas diarias y se privó de cualquier lujo personal, todo para que Mateo pudiera graduarse con honores y conseguir un puesto codiciado en el Grupo Imperial, uno de los conglomerados multinacionales más grandes y poderosos del país.
Esa noche marcaba un hito fundamental en sus vidas. La empresa celebraba una enorme gala de fin de año para anunciar el ascenso de Mateo como el nuevo Vicepresidente de Operaciones. Clara había ahorrado monedas y billetes en secreto durante 3 meses para poder comprarse un sencillo vestido azul marino. Estaba profundamente emocionada; por fin podría acompañarlo a un evento importante en la exclusiva zona de Polanco y sentirse orgullosa del hombre cuyo éxito ella misma había ayudado a construir con su propio sudor.
Sin embargo, apenas 1 hora antes de que debieran salir hacia la deslumbrante fiesta, un denso y tóxico olor a humo invadió la pequeña cocina de su casa.
El corazón de Clara dio un vuelco de terror. Corrió desesperada hacia el pequeño patio trasero de cemento. Allí, iluminado débilmente por la luz de la luna, estaba Mateo. Ya llevaba puesto su impecable y costoso esmoquin a la medida. Estaba de pie frente al viejo asador de carbón que tenían arrinconado, sosteniendo una botella de líquido inflamable. Y sobre las brasas ardientes, envuelto en llamas, se consumía el vestido azul de Clara.
“¡Mateo! ¡¿Qué diablos estás haciendo?!”, gritó Clara, corriendo para intentar meter las manos al fuego y rescatar la única prenda decente que poseía, pero él la empujó con brusquedad hacia atrás.
“No intentes salvar esa basura, Clara”, dijo Mateo, con una voz helada, arrogante y carente de cualquier atisbo de emoción. “De todos modos, te veías como una basura en él”.
“¡¿Por qué quemaste mi vestido?! ¡¿Cómo se supone que voy a ir contigo ahora?!”, preguntó ella, cayendo de rodillas, con la voz quebrada por el llanto, incapaz de procesar la magnitud de esa crueldad.
Mateo la miró de pies a cabeza con una mueca de absoluto asco y desprecio. “Por eso lo quemé. Para que no vayas. Mírate al espejo, Clara. Hueles a cebolla frita, tienes las manos ásperas de tanto fregar pisos y pareces una simple sirvienta. ¡Mírame, ahora soy el Vicepresidente! Mis invitados de esta noche son directores ejecutivos, multimillonarios y políticos importantes de México. Eres una maldita vergüenza para mí. Ya no encajas en mi mundo”.
“Mateo… ¡yo trabajé hasta sangrar para que llegaras a donde estás! ¡Fui yo quien te dio de comer cuando no tenías ni un peso en la bolsa!”, sollozó ella, sintiendo cómo el mundo entero se le venía encima, aplastando su pecho.
“¿Me estás cobrando tu estúpida ayuda? Te doy una mesada todos los meses para tus gastos, ¿no es así?”, respondió él con una sonrisa cínica, acomodándose lentamente su lujoso reloj suizo. “Quédate aquí en tu miseria. Ya invité a otra pareja para la gala: Valeria, la hija de 1 de los miembros más ricos de la junta directiva. Ella sí está a mi altura y sabe cómo comportarse en sociedad. Ni se te ocurra intentar aparecerte por allá esta noche, Clara, o te juro que haré que los guardias de seguridad te saquen a rastras a la calle”.
Sin mirar atrás ni una sola vez, Mateo dio media vuelta, subió a su auto deportivo nuevo y desapareció en la oscuridad de la noche. Clara se quedó sola, arrodillada sobre el cemento frío del patio, llorando amargamente mientras el humo gris se elevaba hacia el cielo nocturno. Observaba cómo sus ilusiones, su amor y su vestido se reducían a simples cenizas humeantes. Lo que Mateo no sabía en ese momento, era que estaba a punto de desatar una tormenta perfecta que nadie podría detener…
PARTE 2
Pero las lágrimas de Clara no duraron mucho. Mientras observaba el último destello rojo de las brasas muriendo en el asador, la tristeza, el dolor y la autocompasión se extinguieron dentro de su alma. En su lugar, nació una ira fría, calculada y letal. Una transformación silenciosa e irreversible ocurrió en el patio de esa humilde casa en los suburbios.
Mateo creía firmemente que ella era solo una simple e ignorante ama de casa. Creía que tenía el mundo entero a sus pies porque ahora ocupaba un puesto alto en una oficina de cristal. Lo que ese hombre ignoraba por completo era que el Grupo Imperial, la misma empresa de la que tanto se enorgullecía y a la que le había vendido su lealtad, era propiedad absoluta y exclusiva de la familia de su propia esposa.
Ella no era una simple mujer de barrio sin futuro; ella era Clara Garza. La única heredera universal y la Presidenta secreta de la junta directiva de ese inmenso imperio corporativo. Clara había renunciado voluntariamente a su vida llena de lujos, a las mansiones gigantescas en las Lomas de Chapultepec, a los helicópteros privados y a los viajes por Europa hace exactamente 7 años. Decidió desaparecer del ojo público y fingir ser una mujer de escasos recursos por una sola razón: quería experimentar el mundo real y encontrar un amor verdadero. Fingió vivir en la pobreza extrema para ayudar a Mateo desde abajo, para poner a prueba la pureza de su corazón y ver si él sería capaz de amarla sin condiciones, sin saber de sus millones.
Pero esa noche, Mateo había demostrado su verdadera naturaleza. No era más que un hombre codicioso, superficial y traicionero. Una serpiente venenosa a la que ella misma había alimentado y criado en su propio pecho.
Clara se puso de pie con firmeza. Se sacudió las cenizas de las rodillas y se secó las lágrimas con el dorso de la mano, borrando cualquier rastro de debilidad. Metió la mano en el bolsillo de su delantal desgastado, sacó su teléfono celular y marcó un número privado y encriptado que no había utilizado en muchísimo tiempo.