Ignoró el teléfono que vibraba en el asiento delantero —un recordatorio de la reunión más importante del trimestre— y condujo a toda velocidad hacia el hospital más cercano.
—Aguanta, cariño. Ya estoy aquí.
Pero en el espejo retrovisor la vio debilitarse. Su respiración era superficial. Sus ojos pesados.
Cuando llegaron a urgencias, Daniel la cargó en brazos.
—¡Pediatría! ¡Por favor, ayúdenme!
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